936. MARIO EL LIGÓN
Encarni Prados Moreno | María Dantés

Mario era el enchufado del periódico, el sobrino del dueño. Mario no sabía hacer la «o» con un canuto pero daba igual. Sus compañeros le tenían una tirria impresionante. Aparte de ser enchufado y no trabajar era un chulo narcisista. Marta y Teresa habían tenido que salir con él en un par de ocasiones porque sus contratos eran de prueba, afortunadamente, con un par de besos se consolaba. Cuando María, una chica despampanante, comenzó con un contrato de prueba en el periódico las chicas se aliaron para salvarla de las garras de Mario. Se reunieron con ella en el desayuno y la pusieron al día de las «virtudes» del susodicho.
María, aunque no era tonta y había cambiado de trabajo por un compañero acosador, no iba a pasar de nuevo por lo mismo. Acordó con las chicas que le darían una cita a Mario difícil de olvidar.
El elemento se aproximó a la mesa de la nueva dándose importancia, diciéndole que era el sobrino de Don Cosme y que heredaría el periódico, que si cenaban esa noche su contrato de prueba se convertiría en indefinido. María se hizo la sorprendida y le puso ojitos, le dijo que sería un placer cenar con él, pero que le dejara a ella elegir el restaurante, quería que disfrutara con la cena.
Quedaron a las nueve en «La rueca» un restaurante de comida tradicional que, casualmente, era de los padres de María, el anzuelo estaba lanzado.
Todo el mundo en el periódico (salvo Mario) y en el restaurante, estaban al corriente de lo que iba a pasar esa noche.
María se puso lo más sexy que pudo, un vestido rojo con un escote trasero que llegaba hasta donde acaba la espalda, tacones negros de aguja, labios rojos y pelo suelo. Cuando Mario la vio pensó que esa vez si llegaría al final, la chica era un bombón y mientras, las compañeras esperaban en el almacén del restaurante.
Cenaron en un reservado, Mario era un pulpo, pero María aguantó estoicamente, ya le tocaría a ella más tarde. Después le confesó que el restaurante era de unos amigos y que tenía una habitación trasera que podrían utilizar a su antojo. Mario se puso nervioso, pero aceptó, la noche iba a ser un triunfo.
María lo cogió de la mano y, sin decirle una sola palabra lo arrastró a una puerta que ponía «privado» en un cartelito dorado. Dentro había una cama grande, junto a cajas de bebidas, no habían podido prepararlo mejor.
María le dijo que enseguida volvía, que se pusiera cómodo y se metiera en la cama si quería, mientras, desde un agujero las chicas lo observaban.
Cuando estaba en calzoncillos decidieron entrar, la imagen de Mario sin ropa sería demasiado para sus retinas. María entró y dejó la puerta abierta, exclamó ¡Sorpresa! y junto a ella, entró toda la plantilla del periódico.
Mario no sabía dónde esconderse, cogió su ropa y salió corriendo a la calle, no volvió por el periódico, su tío les dijo que renunció.