MARTA SÁNCHEZ
Arancha Sanz | Merricat Blackwood

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Mi primera vez fue en el verano de 1991. Ahora que vivo entre cuatro paredes, pienso en ella continuamente. Recuerdo que la orquesta de Navalmoral de las Heras intentaba animar la verbena con una mala versión de “Con solo una mirada”. La cantante imitaba torpemente los movimientos sexis de Marta Sánchez y de vez en cuando disimulaba algún gallo. La primera vez debes elegir a alguien que te guste, pero no demasiado, me había explicado Pacheco, que ya lo había hecho con varias chicas. Desearla, sí, pero solo un poco, porque es para practicar. Luego ya te empiezas a soltar. Mejor, entonces, que no fuera tan rubia como Marta Sánchez.



La reconocí entre la multitud al cabo de un rato. Ella sí que se contoneaba bien, como si se enroscara sobre sus propias caderas para hacer una pausa y desenredarse después. Pero el pelo lo tenía diferente: castaño oscuro y cortado a lo garçon. Y no tenía tantas curvas. Llevaba un top negro de tirantes y medias de rejilla. Cuanto más la miraba, más consciente era del bulto que tenía en mi pantalón.



Ve por detrás, sedúcela lentamente, que no sé de cuenta de que la has elegido como a una entre un millón, me había aconsejado Pacheco.



Atravesé el gentío y me coloqué justo detrás de ella.



Pero no te acojones si le duele o si sangra, ¿eh?, me había advertido también, que esto al principio cuesta un poco, pero luego vas a alucinar.



La cogí de la cintura y la apreté contra mí. El bulto se revolvió en mi pantalón, incapaz de contenerse más, pero a ella no pareció importarle.



Con el tiempo, tuve que dejar de escribirme con Pacheco para no levantar sospechas, una lástima.



Pero, cuando llegó el momento, no importó ningún consejo ni recomendación, solo existíamos mi Marta Sánchez con el pelo a lo garçon y yo. Lo demás fue puro instinto.



Le clavé el cuchillo hasta el fondo de la tripa y saboreé cada centímetro de piel, carne y vísceras que atravesó hasta que la sangre empapó mi mano excitada y temblorosa. Jamás olvidaré esa mirada de ojos desorbitados que se debatía entre la sorpresa y el dolor.



Cuando se apagaron los últimos ecos de “Lilí Marlén”, la dejé allí, con el cuchillo ensartado, y me escabullí en la oscuridad.



La próxima sí que será rubia, me prometí a mí mismo en aquel momento. Y, a partir de entonces, todas lo fueron.



El tiempo puede dilatarse hasta la eternidad cuando vives encerrado, pero, hace poco, empecé a leer las cartas de uno de mis admiradores y decidí convertirlo en mi aprendiz, tal y como Pacheco hizo conmigo. Con los conocimientos del “asesino de Marta Sanchez” estoy seguro de que su primera vez será un momento tan inolvidable como lo fue para mí.