1054. MARTÍN MARTÍNEZ TRABAJOS FINOS EN MADERA
Eduardo Fillat Clemente | Edu

Cuando Martín, de “Martín Martínez, trabajos finos en madera”, dejó su caja de herramientas en este rincón de mi cocina bajo la ventana, aquel mediodía de febrero extrañamente caluroso, nunca imaginé las consecuencias que ese gesto tendrían. “Por no traer y llevarla todos los días. Aquí no molesta”.

Martín Martínez llegaron a mi vida justo el martes anterior. Les condujo hasta mí el humo del incendio; concretamente el de la cocina de mi casa, pues su taller de carpintería ocupaba un local de puerta diminuta que estaba justo frente a mi portal. Allí aparecieron con sus monos de trabajo azules y sus zapatos castellanos cuando se fueron los bomberos y los vecinos retomaron la desgana del martes por la tarde.

-Buenas tardes, señorita. Somos Martín Martínez, trabajos finos en madera, y venimos a ayudarla porque somos sus vecinos y los vecinos están para estas ocasiones. ¿Nos deja echar un vistazo?

Y ya estaban dentro de casa.

– Qué buen destrozo -diagnosticó Martín, con los brazos en jarras ante el espectáculo dantesco que el fuego había dejado en mi cocina-. Pero no se preocupe por nada. Dominamos la técnica, el arte y el oficio. Nosotros no trabajamos para vivir, vivimos para trabajar. Solo matándonos dejaríamos de trabajar.

– Y esa es la pena: que no nos matan – apostilló Martínez.

– Pero vayamos a lo importante. ¡Apunta, Martínez! Limpieza inicial, poner nuevos los tres muebles de la parte superior, sustituir las molduras y cambiar todos los tiradores. Ummm. Habría que pintar el techo. ¿Podemos, Martínez?

– Podemos.

– ¿Cuánto te sale, Martínez?

– 773, 27€. Sin iva.

– ¿Estamos de acuerdo?

– ¿Cuánto tardarían?

– Verá, señorita, la madera ofrece resistencia. Ella no quiere ser labrada, ¿comprende? Se rebela. Y hay que luchar, hay que convencerla para expulsarla de lo amorfo. No deja de ser un trabajo del logos- me explicó Martín.

-Ya – es lo único que acerté a decir, todavía en shock, y no solo por las llamas que hacía menos de una hora arrasaban mi cocina.

-Debe saber, señorita, que nosotros introdujimos el cubrerradiador en este país. Cuéntaselo, cuéntaselo tú, Martínez.

-Era el año 1974 y el cubrerradiador era un género inédito aquí. En materia de cubrerradiadores en este país estaba todo por hacerse y nosotros lo hicimos.

– Hasta el MoMa de Nueva York tiene uno en su colección- apostilló Martín.

– ¿MoMa museo?

– El de la calle cincuenta y tres esquina Quinta Avenida, ¿cuál sino? Hasta mañana, señorita. A las ocho. Ahora relájese y no se preocupe por nada.

Acaba septiembre, los días son más cortos y aquí sigue la caja de herramientas bajo la ventana. Cada día Martín Martínez vienen temprano, colocan una visagra, ponen un tornillo, guisan y a las tres en punto, me ponen la mesa y se marchan deseándome buena tarde. A veces pierdo la paciencia y quiero matarles, pero es que no hay plato que se les resista. Su trabajo del logos con las lentejas, es para chuparse los dedos.