1060. MARTINA Y SU SECRETO
SÁNCHEZ | Sandrina Faint

Martina se estaba vistiendo para asistir a la última cena, después de esa noche todo sería diferente. Martina había preparado con sumo esmero su despedida de soltera, esperaba que fuese el punto final a todo un circo y la despedida de muchas cosas más. Martina se sentía como una payasa sin gracia, toda la gente a su alrededor ilusionada y ella imitando a la felicidad. Martina no se quería casar. Había conocido a Alejandro cuando todavía estaban en el instituto, hacía de eso una eternidad. Se casaba porque a su madre le hacía ilusión organizar una boda por todo lo alto. Su madre era fanfarrona y vanidosa, pero muy buena persona. El padre de Martina también era muy buena persona, pero muy putero. Todos hacían como que no sabían nada, como hacen la mayoría de las familias con ciertos asuntos, aunque se hablaban con bastante desdén y pinceladas de odio e inquina. Además, la madre de Martina siempre desayunaba magdalenas con ginebra, que no era una amiga extranjera con falta de ortografía. Por las noches siempre cenaba con Faustino, siempre sola y con Faustino. Las chicas del servicio tenían que acompañar a la madre de Martina hasta su cama la mayoría de las noches, luego metían a Faustino en la despensa, después de añadirle un chorrito de agua para que la noche siguiente no fuese tan triste con la soledad presidiendo la mesa, una noche más. Hubo un tiempo en que Martina sí se quería casar para alejarse de las borracheras de su madre y de las broncas con su padre cuando no estaba puteando y aparecía por casa. Martina pensó muchas veces en irse de casa, pero no se atrevió. No quería dejar a su madre sola, su boda por todo lo alto sería una solución aceptable para sus principios. La madre de Martina había disfrutado durante dos años con los preparativos, especialmente eligiendo los vinos. Dos años entre tules y chantilly, pamelas, mousses y canapés variados para que fuese el día más hermoso de sus vidas. Madre e hija habían convertido el día de la boda en su gran Nochevieja particular, como si a la mañana siguiente fuesen a amanecer en unas nuevas vidas maravillosas. Conforme se acercaba la fecha, Martina se dio cuenta de que no. Ya no estaba enamorada de Alejandro, él lo notaba y para recuperar la ilusión aparecía asiduamente con flores, bombones y bragas de marca. Martina, para recuperar la ilusión y algunas cosas más, le propuso que fuesen a un local de intercambio de parejas para experimentar un trio, si les gustaba podrían probar con orgías masivas. Alejandro, en principio, se rio, luego entró en shock y cuando se le pasó se hizo el indignado antes de buscar en Google. No tardaron mucho en conseguir la tarjeta vip del club Agujerilandia. Esa noche se lo iba a contar todo a familiares y amigos al final de la cena cuando ya estuviesen un poco borrachos, o quizá no.