Más allá del golf
IRENE DE CASTRO MEJUTO | GOMASIO

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Comencé la velada con nerviosismo, inquietud y quizás un toque de intimidación por la curiosidad. Me aproximé y, con una voz más ingenua que su expresión, se presentó. Esa fue toda nuestra interacción durante la noche.

Me sentí desubicada, ya que solo iba acompañada de dos amigos, quienes, como es lógico, intentaban destacar entre el público femenino. Para mi sorpresa, quien lo acompañaba era un chico de larga y rizada melena, con una expresión vivaz y una postura excesivamente confiada. Entabló conversación conmigo, y aunque agradecí la compañía, la situación comenzaba a tornarse incómoda. La noche se complicaba, pero por fortuna lo tenía a él, Mauro, un conversador asegurado que procuraba aliviar el embarazoso entuerto.

Tiempo después, en casa de otro amigo, descubrí que aquel apuesto hombre de melena oscura era quien estaba preparando la carne en la barbacoa. Era ocurrente, aunque seguía mostrándose, tal vez, seguro de sí mismo en demasía. Pasamos una tarde poco común y luego nos adentramos en la noche del karaoke, que resultó desternillante.

Después de ese afable día, me sugirió ir a jugar al golf. Aunque inicialmente decliné la invitación debido a mi absoluto desconocimiento sobre el tema, él me convenció rápidamente con alguna gracia que no logro recordar. Finalmente fuimos y la experiencia resultó tan agradable como novedosa. Luego, nos dirigimos a cenar, y entre copa y copa, creyendo en su supuesto gusto por lo masculino (como nuestro amigo en común me había hecho creer), me sinceré compartiendo los detalles de mi peculiar vida, sin embargo, su gesto permaneció relajado y mientras sonreía, me invitó a ver su casa.

Para mi sorpresa, resultó ser tan varonil que tuve que disculparme por haberlo malinterpretado, tras lo que me acercó a casa en medio de un profundo silencio.

Días más tarde conseguimos normalizar esa extraña situación regresando a una artificial calma en la que ambos preferimos obviar mi equívoco en tan extraña primera cita.

Pasaron las semanas y las tardes de cañas resultaban cada vez más habituales hasta el punto de decidir pasar el último día del año en compañía mutua.

Al poco, comenzó la pandemia y, aunque difícil, también nos brindó momentos únicos con infinitas tardes de palomitas y películas, que se convirtieron en nuestro particular refugio y nuestro momento único del día.

Tras esa difícil y complicada temporada, ya pudiendo salir libremente, decidimos elegirnos el uno al otro e irnos definitivamente a vivir juntos.

Pasado un año, me pidió matrimonio en un bonito y entrañable viaje a Portugal, lo que hizo que unos meses más tarde nos uniéramos para siempre ante nuestros seres queridos y diésemos comienzo a una nueva etapa de nuestras vidas como marido y mujer.