111. MÁS ALLÁ
Beatriz Queipo López | Kali

Una de las grandes preguntas de la humanidad es qué es lo que ocurre después de la muerte. Yo, por desgracia, lo he descubierto. Y digo «por desgracia» porque tuve que morir para descubrirlo. Qué se le va a hacer.
Mi muerte, si te entra la curiosidad, fue dolorosa, trágica y estúpida. Era el cumpleaños de mi sobrino y mi hermana había contratado a uno de esos tíos que lleva animales exóticos a las fiestas de cumpleaños. En resumen, el chaval era un inútil. Todos los bichos que llevó se le escaparon y yo fui la única baja. Una rana de esas multicolores y tremendamente venenosa decidió que era buena idea tocarme. Creo que ese día traumaticé a muchos niños.
¿Sabes esa frase de que todos morimos solos? Bueno, digamos que eso es muy relativo. Cuando mueres, tu alma, tu consciencia, tu espíritu —llámalo como quieras, a estas alturas, qué más dará— se traslada a un vacío. Negro y aburrido. ¡Pero no solitario!
La cosa es que todos los seres vivos que mueren al mismo tiempo van al mismo vacío. Si mueres con tu marido en un trágico incendio porque echasteis agua en el aceite hirviendo, pasareis toda vuestra vida post-mortem juntos. También con el perro que habíais comprado para no tener hijos. E incluso con ese aloe vera, la única planta que no se murió al olvidarte de regarla.
Y ahora viene la parte más interesante. Si alguien en Japón en ese mismo instante muriera atragantándose con un niguiri, también iría a ese mismo vacío. No creo que hubiera mucha conversación entre vosotros, pero sí que, como ex-seres vivos que murieron exactamente a la vez, pasaríais el resto de la eternidad juntos.
Lo maravilloso y trágico de esta muerte es que, por supuesto, no puedes morir, pero sigues sintiendo todo lo que podías sentir en la vida terrenal. Desde el placer más exquisito al dolor más tenebroso.
Por supuesto, la pregunta que te estarás haciendo ahora es «¿y tú, narrador, con quién compartes el vacío?». Bueno, mi muerte creo que fue demasiado complicada. O quizás no. Simplemente morí cuando casi ningún otro ser vivo murió. No hay otros humanos, no hay plantas, no hay mamíferos.
«¿Casi?». Sí, casi. Resulta que estaba de pie cuando la rana me tocó. Y, claro, acabé cayendo al suelo… justo encima de la rana.
Creo que los dos recordamos lo que pasó y ninguno quiere sacar el tema.