MÁS GRANDE SIN TI
ALBERTO LAFUENTE RUIZ | EPONIUM

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Amarró con fuerza su chaqueta de lana raída por el paso de los años y se dirigió a la boca del metro. Amanda se había criado en un pequeño pueblo de apenas cincuenta habitantes. Un remanso de paz, donde la tarea más aventurada fuera quizá hacer la compra en el economato de la plaza.



Nunca antes había estado en una ciudad de dimensiones tan grandes y solamente tener que tomar un tren hasta la dirección indicada le producía un estado de inquietud e inseguridad que tensaba cada músculo de su cuerpo.



Sujetó con fuerza su bolso mientras subía a uno de los vagones de la línea 1. Tenía que viajar desde Sol hasta Cuatro Caminos, donde había quedado con Antón, su antiguo novio de la juventud, que hacía apenas un año había emigrado del pueblo para estudiar el grado de medicina en la capital. Últimamente habían estado coqueteando de nuevo por ‘whatsapp’ y habían fijado la oportunidad de un reencuentro en un lugar prácticamente estéril para ambos, un nuevo comienzo de cero.



Eran las siete y cuarto de la tarde, hora punta de regreso a casa del trabajo, y Amanda empezó a sentirse agobiada. El calor del ambiente y los olores del gentío dejando rastro de un duro día de trabajo comenzaban a aturdir su cabeza. En cada estación el vagón se llenaba cada vez más, hasta que la sujección a la única barra que tenía junto a la puerta se desvaneció entre mochilas de estudiantes, que en uno de los traqueteos del tren devorando el túnel, le golpearon e hicieron que Amanda perdiera el equilibrio, estrellando su cara contra el cristal de una de las puertas.



– ¿Estás bien?. Levantó la mirada y pudo ver cómo dos ojos de color azabache atravesaban su mirada y mitigaban su dolor.

– Podría estar mejor, consiguió decir Amanda mientras se aferraba de nuevo con una mano al pequeño espacio de una las barras. Con la otra se tocaba en la frente lo que en cuestión de minutos sería un enorme chichón.

– Me llamo Víctor. -dijo aquel ser del que no podía apartar la mirada-. Estoy terminando el grado de medicina y creo que por el golpe que te has dado deberías ir al hospital para asegurarnos que estás bien.

– ¿Asegurarnos? Tan sólo una palabra que aunara a los dos, produjo de repente en Amanda un sentimiento de seguridad y liberación.

El tren se detuvo frenando con un gruñido y el rótulo de la estación indicaba “Cuatro Caminos”.

– Me tengo que bajar, es mi parada- dijo Amanda.

– La mía también, espetó Víctor. Estoy de prácticas en el hospital San Carlos y en apenas media hora comienzo.

Los dos salieron a la calle cuando Antón llamó por el móvil. Amanda volvió a mirar los ojos de su salvador mientras el tono de llamada seguía su curso y le dijo: – Creo que te acompañaré. Me duele bastante la cabeza.

Nunca antes había estado tan dolorida y feliz a la vez. Madrid ya no daba tanto miedo.