1186. MÁS VALE TARDE QUE NUNCA
ANA ISABEL GARCIA MATÉ | CLARA

Jacinta era de estatura mediana, con más gracia que belleza. Pero a ella no le importaba; era la menos agraciada de tres hermanas y la única que permanecía soltera a sus cincuenta primaveras. El amor de su vida se había casado con la más rica del pueblo, Angelita. Algo era ello, barruntaba a cada paso. Jacinta, más pobre que las ratas, malvivía en un cuchitril limpio como la patena con sus tres gatos, Tiburcio (en honor a su amado), Patricio (en memoria de su padre) y Ratones (por la afición que demostraba el felino hacia los roedores).
Una tarde, sentada en su viejo sillón desvencijado, adivinó tras los visillos raídos la silueta de un hombre que le llamó la atención. Abrió y cerró los ojos varias veces para descartar un desprendimiento de retina. Pero nada, allí seguía, inmóvil, aquel individuo. Se levantó, se lavó la cara y volvió al salón. Por un momento pensó que podría ser un ladronzuelo, le asustaría si abría la cortina de repente. Indecisa, se acercó a la ventana sin saber muy bien qué hacer. Vivía en una quinta planta y ni siquiera se había percatado de tal circunstancia.
Cansada de vivir malamente, arriesgó. Tiró de la cuerda destejida de la cortina con todas sus fuerzas y abrió de golpe. Era Tiburcio. El susto para ambos fue mayúsculo. El susodicho le guiñó un ojo y, con una sonrisa pícara y su hoyuelo en la barbilla más marcado que nunca, la invitó a acercarse. Sin pensárselo dos veces y con el hambre de hombre que tenía, Jacinta aceptó la oferta sin percatarse de que la ventana estaba abierta.
El final estaba escrito: ambos, de la mano, cayeron a la calle. Nada sabía Jacinta de que Tiburcio acababa de fallecer, ninguna noticia había tenido en treinta años de que él había sufrido y penado por aquella mujercilla esmirriada que había sido el amor de su vida y de que todas las riquezas de las que su amado dispuso no eran nada comparable con sus sueños por tenerla entre sus brazos.
Solo muerto volvió a por ella el muy cobarde. “Menos es nada”, pensó Jacinta en la caída. La Muerte dispuso que ambos cuerpos acabaran abrazados sobre el asfalto. Tiburcio, con su socarronería, seguía guiñándole el ojo y ella, por fin, aceptó su tardía invitación. “Más vale tarde que nunca”, reflexionó Jacinta ya difunta.
CLARA