MATCH INESPERADO
ELENA CALLES GONZÁLEZ | MARINA ALCARAZ

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A veces la vida te sorprende haciendo todo aquello que te habías jurado no hacer, como si el destino se riera en tu cara desdiciéndote de cada palabra.

Me llamo Marina Alcaraz, tengo 50 años, dos hijos, un marido que me quiere, salud, trabajo estable y bien remunerado, pero me siento profundamente infeliz.

Esta podría ser mi carta de presentación, una presentación que oculto tras una apariencia de felicidad que me aburre y agota como si se tratara del mismo papel de una película que llevas representando años.

Los hijos ya criados, la casa ya pagada, una relación de pareja casi de hermanos, sin apenas conversaciones y los años recordándote en cada arruga ante el espejo que el tiempo pasa, que quizá ya no interesas, que ya has vivido todo y que ahora lo que toca es una simple espera. Ya no eres protagonista de nada, tan solo una pieza de una historia que hace tiempo ha dejado de ser tuya.

Mi amiga Laura, mi confidente, separada, culta, divertida, la única persona que parece darse cuenta de que me marchito en la rutina de una vida que hace tiempo ya no reconozco, acaba de llegar a casa, su perfume es inconfundible y siento cierta envidia sana al verla entrar sonriente, guapa y con ese brillo en los ojos de quien se come el mundo a bocados.

Me da los últimos consejos, las dos en la habitación, hablando muy bajito como cuando éramos adolescentes y nos contábamos nuestras conquistas.

-Marina, tranquila, nadie se va a enterar, es solo una cita, así te animas un poco, no tiene por qué pasar nada.

Hace meses, después de una cena con algún vino de más, Laura decidió hacerme un perfil en una red social, una foto de espaldas en la que no se viera mi cara y un mensaje: “si me quieres conocer tendrás que verme, no te lo voy a poner tan fácil. Aficiones: vivir”.

Una noche de risas inocentes que sin darme cuenta me llevó a fijarme, dentro de ese catálogo que Laura manejaba con soltura, en una foto de alguien del que solo podía ver su silueta apenas reconocible, con el siguiente mensaje. “no sé qué quiero, solo te pido que me ayudes a entenderlo. Aficiones: vivir”.

Así empezó todo, hasta llegar a hoy. No nos hemos mandado fotos, no sé su nombre, no sé nada de una persona a la que llevo escribiendo meses, a la que le cuento lo que siento, a la que escucho y a la que, sin saber ni quién es, deseo.

La cita es en una cafetería del centro de Madrid y para reconocernos llevaremos el mismo libro (antología poética de Idea Vilariño).

Me siento en la terraza y miro hacia delante, alguien atraviesa el local, desde lejos veo que lleva un libro en la mano, no es ningún extraño para mí.

Se acerca, me besa en el cuello y me dice

-Cariño, lo que hay que hacer para poder hablar contigo. Vámonos a casa.