1281. ME (¡PUFF!) CONGELARON LA PULPA
Gloriana Jiménez Arauz | GLOW

Yyyo na-nací y me crié en el tro-trópico, se repetía una y otra vez.
No sé cómo llevaría tu cerebro una temperatura de -23°C, pero digamos que nuestro querido protagonista, encontrándose como estaba (BRRR, GRRR), congelado hasta la última fibra de su ser dentro de ese (OH, NO) contenedor, habría preferido ser troceado en ensalada. ¿Cómo podría saber, bajo semejantes condiciones, el espabilado (PERO EN ESE MOMENTO NO TANTO) fruto, que ya llevaba 22 días de tránsito en el mar?

Las olas reventaban ansiosas porque anunciaban una (¡WUJU!) pronta llegada al puerto. Pero nuestro mareado amigo, solamente podía pensar en su refugio: el aire tibio que recibía cada mañana (WHOOSH), y el sonido de las hojas que se sacudían con el viento (CHIS, CHAS), mientras él se mecía plácidamente desde su ramita (AHHH). Su familiaridad eran notas que se componían en la amplitud del campo (WHOOSH, CHIS, CHAS, AHHH – WHOOSH, CHIS, CHAS, AHHH…).

El conocido por su (NO TIENE SENTIDO ESCONDERLA) suculenta semilla, vio el éxtasis de su canción interrumpida cuando el joven sudoroso de botas altas, machete en la cintura y sombrero protector del sol, le susurró: tás listo guapetón, y (¡ZAS!) lo cortó.

Nuestro mango (ANTES MUERTO QUE SENCILLO), se vio forzado a acomodarse en la caja de plástico junto a otros como él (CATAPLUM), quienes, acostumbrados a los nutrientes de la tierra y a una existencia al aire libre, sintieron la asfixia de los y las que se empujan dentro de cuatro paredes. Al extrañado (AQUÍ NO SE PUEDE BAILAR CUMBIA) mango le rebotaban preguntas que salían de los golpes que se iba dando con sus compañeros dentro del camión (BROOM, BROOM): ¿por qué estamos hacinados?, ¿hacia dónde nos llevan?.

El mango no lo sabía, y, sin embargo, el joven envidiaba su suerte (¡¿QUÉ?!). Pensaba (OH, SÍ) en su posibilidad de madurar en un sitio seguro, diferente, lejos del miedo que él tenía al volver a su casa envuelto por una oscuridad violenta que lo amenazaba después de su jornada diurna.

Cuando llegó a su destino, el sobreviviente (DE LA PULPA COMESTIBLE) se encontró en medio de manzanas y peras, que no paraban de reírse al verlo temblar. – ¡Uff, venís dulzón, dulzón!, le decían – (JAJA, JIJI, JUJU)

No es gra-acioso, pensó el señor rojizo (PERO SINTIÉNDOSE MÁS ÁCIDO QUE DULCE) avergonzado, cansado del viaje y confundido porque, aún fuera del congelador, sentía (BRR, GRR) que el frío no pasaba.

Cuando las demás frutas (FASTIDIADAS HASTA LAS SEMILLAS) le explicaron lo que era el invierno (PLOP), el mango se acordó de aquél que lo arrancó del árbol. El joven no lo sabía y, sin embargo, el mango envidiaba su suerte (¡¿QUÉ?!). Pensaba (OH, SÍ) que, de haber tenido la posibilidad de elegir, se habría quedado madurando en el campo.

Por suerte, para el (YA MÁS ESPABILADO) mango de mesa que ahora yace en la estantería listo para el consumo (MMM), la exportación de su especie garantiza tranquilidad en cada punto de la cadena de frío (KA-CHING).