1333. ME TOMARON EL PELO EN TURQUÍA
JOSÉ MARTÍNEZ MORENO | Doctor Ziyo

Subí al avión y me dirigí hacia mi asiento. Mientras caminaba eché un vistazo al resto de pasajeros. Aquel era un vuelo especial, fletado por una clínica turca especializada en el implante capilar, y por ello la gran mayoría éramos calvos totales, aunque algunos aún conservaban un leve vestigio de pelusilla en sus respectivos cráneos a modo de pequeños islotes aislados.

Al sentarme en mi lugar, casi en la cola, la visión desde atrás de todas aquellas calvas relucientes me trajo a la memoria la imagen de una caja de bombillas. Más tarde pensaría, al tomar tierra y ponernos en pie para salir, que parecíamos más bien un pequeño ejército de bolos de dos patas. Se trataba sin duda de un vuelo muy curioso; se podía decir que los allí presentes habíamos cogido aquel avión «por los pelos».

El comandante, un tipo de melena recia e insultante, salió de la cabina para dirigirnos unas breves palabras antes de despegar. Se mostró simpático, aunque yo creí advertir un casi inapreciable matiz burlón en su semblante, como si pensase: «Menudo grupo de pringaos, entre todos no tienen para hacer un triste flequillo».

El caso es que aterrizamos en Turquía, no en toda ella, claro, sino en el aeropuerto de Ankara. Allí nos recogió un autobús —cuyo conductor compartía despoblamiento craneal con nosotros, todo un detalle—, que nos llevó primero al hotel y más tarde a la clínica que devolvería su antiguo esplendor a nuestras paupérrimas y/o inexistentes cabelleras.

Recuerdo que el comandante se despidió de nosotros tras desearnos suerte en nuestro periplo por tierras otomanas y finalizó con una gracia que no me hizo ni pizca de ídem: «Gracias por volar con Alopecian Airlines», nos soltó mientras se atusaba a dos manos su ofensiva melena.

«Así se te prenda fuego hasta las patillas», pensé yo en ese momento, y salí tan indignado y con tanto ímpetu que casi caí rodando por la escalerilla. Me salvé por los… bueno, de milagro.

Al cabo de cinco días cogimos el avión de regreso. Si en el vuelo de ida, con los cráneos despoblados, parecíamos miembros del club de fans acérrimos de Buda, en el de vuelta, todas aquellas cabezas vendadas a causa de los implantes me hicieron imaginar una ambulancia abarrotada de heridos por traumatismo craneoencefálico.

Ya por fin en España, disfruté de ocho meses de dicha absoluta. ¡Tenía pelo, Dios mío!, ya ni me acordaba de lo que era eso. Volví a comprar champú y a utilizar un peine, algo que es como montar en bicicleta, nunca se olvida. Pero pasado ese lapso de tiempo, una mañana al abrir los ojos creí ver lo que se me antojó como un gato negro acostado sobre mi almohada. Alarmado, corrí al baño y allí pude comprobar cómo mi cabeza apenas presentaba unos jirones de pelo mustio, como de rata enferma y moribunda.

Y con lágrimas en los ojos comprendí que me habían tomado el pelo en Turquía.