MEET ME HALFWAY
Alicia Luis Magdaleno | Alice Gould

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Llegó algo antes de la hora acordada. Siempre era puntual, pero en esta ocasión en especial quería elegir el sitio para verla llegar. Al sentarse en la mesa a su nombre, leyó el mensaje de ella avisándole de que también había reservado. Como a él, pensó con una sonrisa, le gusta tener las cosas bajo control y evitar la improvisación.

Si ambas afirmaciones existieran como filtro en la aplicación, sus perfiles habrían salido como compatibles mucho antes. Sin embargo, había tenido que esperar varios meses de interminables «swipes» e infructuosas conversaciones. Como mucha gente que las usa, no tenía demasiada fe en esas aplicaciones. Aunque, si todos seguimos en ellas, consideró, será porque no hemos perdido la esperanza del todo.

Con ella la dinámica había cambiado. Su perfil dejaba claro lo que buscaba; una lista de cualidades enunciaba sus requisitos. Fue verificando uno a uno que, a su parecer, cumplía con todos. Si esas son sus condiciones, supuso, debe de ser porque ella también las reúne.

Le envió un mensaje para acompañar el «me gusta», algo sencillo. A partir de ahí, había ido todo rodado. La conversación fluyó sin forzar en varios mensajes que denotaban un genuino interés mutuo. No tardó mucho en mandarle su número de teléfono para continuar hablando por WhatsApp. Prefería evitar el socorrido Instagram, que proporciona pretextos fáciles para abrir conversaciones. Si quiere seguir hablando, lo hará sin excusas, decidió.

Y así fue. Poco después llegó su propuesta para conocerse en persona, y ahí estaba, en el restaurante que él había sugerido. Hasta el nombre del lugar era un buen augurio para una relación: «Meet me halfway».

Volvió al presente con un mensaje en su pantalla; ella había llegado. Llevó la mirada hacia la entrada y se levantó para abrirle la puerta. Sus sonrisas reflejaron la del otro, y un sentimiento de calma y certeza se extendió por su pecho.

La cita transcurrió entre risas y complicidades, bromas seguidas de una dulce sonrisa automáticamente después para denotar que nada iba con mala intención. Los camareros les lanzaban miradas cómplices al atenderles, como si lo que estaba pasando ahí fuera evidente para ellos también.

Al terminar de comer, en un momento de silencio tras varios minutos de hablar sin descanso, ambos se reclinaron hacia atrás en sus sillas, mirándose a los ojos. Sí, bendito el momento en que le había dado «me gusta» a aquella chica. La observó acariciar distraídamente el anillo que llevaba en el anular de su mano izquierda; el mismo que él le había regalado unos meses antes, esperando un «sí» que ella le había dado incluso antes de que terminara de formular la pregunta.

Recordando su primera cita, en ese mismo restaurante, hace exactamente cinco años, reflexionó sobre el impacto que ciertos momentos de nuestra vida dejan para siempre, aunque en el instante en el que ocurren solo seamos consciente de ello instintivamente. Al final, el tiempo acaba diciendo lo que el corazón ya sabe.