Meg y los arrecifes de coral
Nacho Ibernón del Villar | eljovenlekal

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Destapó el bote metálico del café. Cuando abrió aquel tarro de las esencias cayó envuelto en un olor delicioso y puro, como de hogar propio, antiguo, y se lanzó de cabeza al interior. ‘Quepo perfectamente’, pensó. A la primera brazada se sintió raro, como nadando entre arena finísima de un desierto nocturno y frío, así que decidió bucear más profundamente y se agarró a una corriente templada que le condujo en pasaje submarino hasta la mitad del Océano Pacífico. El sol líquido que bañaba esas aguas limpias era el mismo que pasaba filtrado por las venecianas del salón que había dejado atrás hacía sólo unos segundos, lo que son las cosas de la magia, qué paradoja.



Meg llegó a casa ya bien entrada la noche. Conforme se iba enredando el comité eterno de seguimiento con los japoneses no tuvo ni siquiera ocasión de caer en la cuenta de que ya no llegaría al café prometido con Tom. Cuando parecía que todo estaba claro ya en la sala de juntas quiso entrar por zoom el CEO, el señor Kazuo Mitarai, así que hubo que resumirle desde el principio.



Eras las 00:34, por fin en casa. Iba descalza, dejó caer el vestido por el pasillo que conectaba la entrada y el salón, después el bolso. Sembró un rastro de zapatos, ropa y complementos que apuntaban en dirección a la cocina, iluminada en claroscuros gracias los neones de fuera, en la avenida. Le favorecía el pelo recogido, que era castaño o caoba dependiendo de por qué lugares transitara en la cocina. La cenefa preciosa que se formaba y deshacía en caligrafía bordada sobre las braguitas negras de Meg, una y otra vez alrededor de su cintura, replicaba exactamente el diseño original de aquel universo único de corales sobre el que gravitaba Tom en su viaje submarino. Qué curioso. Ella se sentó echa un ovillo sobre una de las sillas de la cocina, rodeó con sus brazos finísimos las piernas flexionadas, y dio equivocadamente por hecho que Tom estaría en la cama, descansando. Cuando se puso de pie el tacto del suelo le mandó a la planta de sus pies talla 37 una señal placentera y confortable; le encantaba pasear descalza por casa. Rápidamente cambio la sensación: se asustó cuando descubrió la cama perfectamente hecha. Dios: no había nadie tampoco en el salón. Recordó lo feliz que fue en aquella primera cita con él, ahora tan remota. Regresó a la cocina. Para pensar con más claridad, acarició nerviosamente con las yemas de su mano derecha el texto escrito sobre sus caderas y vientre, grabado en delicado braille sobre su ropa interior. Cuando lo hizo relampaguearon de luz los corales amarillos, fucsias y turquesas que sorteaba juguetón Tom durante su inmersión oceánica. Meg vio el bote de café destapado. Lo tomó entre las manos. Se lo acercó. Aspirando profundamente percibió el olor de Tom, el Pacífico, la escapada. Y no halló rastro alguno del perfume del café.