352. MEJILLONES Y DEMÁS
Fátima Ricón Silva | Nomeamas

Era trascendental buscar tu risa. Tenias el humor escondido dentro de aquel corazón alegre que se había perdido entre las intrincadas calles de la Avenida Pandemia.
Te invité a comer mejillones, ¿por qué no? No hay nada más cómico que verte rechupeteando ese manjar del mar. Pero rechazaste la invitación.
Entonces, aprovechando la época carnavalera, me disfracé de mejillón o mejor dicho “ mejillona”, una no puede eludir nunca su sensualidad aunque la afee con un disfraz ridículo. Mis tetas enormes ayudan a ello.

Con una bandeja gigante de mejillones y mi maravillosa indumentaria me dirigí hacia el lugar del encuentro.
Llevaba entre mis conchas bivalvas un anillo de compromiso. Me iba a declarar y sabía que eso te iba a producir una risa floja, en un principio, y un torbellino de carcajadas final.

“¿Comprometernos?”, ¿una mejillona y un besugo del Cantábrico? No lo veo. Pensarías”

Sin embargo como yo soy la maga del absurdo lograría mis tres objetivos: hacerte reír, comer mejillones y comprometerte.
Me cité contigo en la plaza de la fuente. Era imprescindible ese elemento en la escena.
Te imploré por teléfono que me esperases sentado en la balaustrada que rodea la fuente.
Temía que mis conchas, los mejillones, mi cachondeo y yo podríamos terminar en el fondo de la fuente, mas aun así, determiné que esa era la forma de hacerlo. En público y para un público.
Obviamente llevaba un pequeño séquito que iba a colaborar en mi plan. Todo iba ser grabado y certificado por mi amiga Laura y mi amigo Julio. La una y el otro se desternillaban siguiendo mis pasos hacia la plaza.
Ellos también se habían disfrazado, Laura, de la artista Laura y Julio, del brillante Julio. Ambos siempre van, naturalmente, disfrazados de lo mismo, la más “molusco” del grupo, sin duda era yo.
Llegamos a la plaza, era la hora justa. Los mejillones al vapor se habían enfriado y su agüilla se caía sobre mi auténtico disfraz, empapándolo y dejando una aroma muy marino en el ambiente.
La gente relajada en la plaza nos miraban expectantes.
El que había ocultado su risa no estaba todavía.
Ni estaba ni llegó a estar. No apareció.
Y se quedó sin reír, sin degustar mis mejillones y sin el anillo de compromiso.
Él se lo perdió.
Las risas de Laura, Julio y mías inundaban la plaza, orquestadas por las de todos los presentes.

No hay nada como reírse con una misma y de sí misma. Y si además eres feliz, mejor. Aunque te den plantón.