Memento amare
Irene Pavón Orihuela | Irene Pavón

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Ya no puedo recordar la última vez que me desperté y me sentía completo.

Me visto con la lentitud que sólo confieren los años y me aferro al bastón que siempre me sostiene cuando mi cuerpo cansado se queja del tormento al que le someto negándome a marchitarme.

Ya conozco el camino de memoria y, a medida que me acerco a mi destino, siento como mi corazón, que parece que a veces ya no late, se vuelve frenético en mi pecho.

Siento su presencia antes de verla, sentada en un banco con aquel precioso pelo rubio, cada vez más canoso. La observo como si fuera la primera vez, aunque ella no me devuelve la mirada.

Me acerco lentamente y me siento cerca para contemplarla. Los mismos ojos castaños que me enamoraron, pero más perdidos en sí mismos. Me fijo en sus manos y mi corazón se salta un latido al ver que no lleva la alianza de bodas que le puse hace ya 50 años. Duele, aunque sé que su médico me la dió dos meses después de ingresarla aquí, decía que cuando su enfermedad asolaba su cordura y ya no me recordaba, aquella joya la desestabilizaba. Si cierro los ojos, aún puedo ver la pena en su forma de mirarme, aquella noche lloré sintiendo que me había partido en dos. Cuando su médico se sienta a mi lado, le ofrezco una sonrisa cansada.



– Pensaba que no vendría hoy con este tiempo.

– Yo nunca falto a una cita con mi esposa.



Me giro para mirarle, apartando la vista de la que siempre será mi mujer y sabiendo, antes que él, qué me va a decir.



– No hay una forma menos dura de decirle esto, pero no lo comprendo. Ella no le recuerda. Pero usted sigue viniendo cada día, la observa, se presenta, pasan el día juntos y luego se va. Y al día siguiente, ella vuelve a no recordarle y usted inicia de nuevo el ciclo. ¿Por qué pasar por todo eso día tras día?



Le sonrío con tristeza, pero no por mí, sino por él, porque no es capaz de entenderlo.



– Claro que es doloroso ver que mi mujer no me recuerda, venir cada día y ver su mirada nublada, observarla sentada siendo sólo una sombra de lo que fue, perdida en su enfermedad. Pero cada día vengo para recordarle que estamos destinados a estar juntos. Puede que ella no se acuerde de que es mi esposa, pero yo nunca olvidaré cómo me temblaron las piernas el primer día que la vi, la forma en que la amo, lo suficiente como para resistirme a la fuerza implacable de los años sólo para quedarme a su lado las horas, minutos o segundos al día en el que ella vuelve a mirarme como lo hacía antes. Puede que cada día que nos vemos sea como una primera cita para ella, pero yo nunca me permitiré olvidar que por mucho que pasen los años ella siempre será mi preciosa chica de ojos castaños.