304. MEMORABLE
Santiago Pumarola | XAUL

MEMORABLE
¡Por fin se había decidido a salir conmigo!

Ya en la mesa de aquel restaurante de moda, la escuché atento. No paraba de hablar, y al sentirla cada vez más cómoda dejé que pidiera por mí.

Disfrutamos del entrante mientras nos conocíamos y yo miraba sus ojazos verdes, tan transparentes, imaginándome todo lo que tenía planeado para esa noche tan especial.

Los tortellonis rellenos y con salsa trufada estuvieron espectaculares, hasta que les di un nuevo bocado y comencé a sentir un repentino vacío en mí estómago, acompañado de un estruendo interior que confié haber escuchado únicamente yo.

Nunca había experimentado algo así, y rogué que no se repitiera. Luego de una breve pausa me envalentoné y les di otro mordisco, y aquel movimiento de estómago acompañado de un alarido interno, aún mayor, volvió a repetirse, dándome la sensación de que ya no solo ella, sino todo el restaurante podría haber escuchado ese grito interno.

Traté de contener el lagrimeo que se iniciaba en mis ojos, a par con el clamor de mis tripas, mientras ella continuaba hablando sin que yo la escuchara.

Comencé a sentir que sudaba frio, y pague sin darle opciones ni a que mirara los postres y sin argumentarle razones, la dejé en su casa. Yo tan solo quería llegar a la mía, porque entendí que lo que tuviera dentro, debía echarlo en mi trono.

Uno tras otro encontré semáforos en rojo, sin excepción, mientras aquella manifestación interna de lo que hubiere en mí, se hacia cada vez más notoria y explosiva, sumando un ruido tan descomunal que me asustaba escucharlo.

Tuve que doblarme y hasta contorsionar para hacer el trayecto más llevadero, apretando para aliviar mi vientre, que centrifugaba cómo lavadora destartalada en su último día de vida.

Detenido en otro eterno rojo, no pude contener la salida de un primer chorrillo de mierda, que caliente y fétido, me obligó a abrir todas las ventanas del coche para mitigar su terrible hedor.

Aparqué lo más rápido posible y corrí hacia el portal, donde para mí desdicha, tres vecinos esperaban por el ascensor. Compartimos conversación y eterno viaje en el habitáculo, mientras no paraba de sudar, a la vez que con disimulo, contenía lagrimas por mí aprensión.

Siendo el último en bajarme, llegado a mi quinta planta, corrí contraído hasta mi puerta, al final del pasillo, mientras sacaba las llaves y continuaba temblando entre escalofríos y terribles e interminables retorcijones.

Las llaves se me cayeron y en cuanto me agaché para recogerlas, sentí como un nuevo torrente interior salía de mi entraña sin que pudiera hacer nada, llevándose por medio y sin piedad, calzoncillos, pantalón, cartera y una parte de mi chaqueta.

Abierta la puerta corrí hacia mi baño, despojándome de todo en el trayecto, mientras aquello continuaba fluyendo sin tregua ni misericordia.

Ya vacío y aliviado, sentí como iba recuperando mi espíritu, mientras olía y contemplaba mi ropa impregnada de aquello, que junto al rastro dejado, era muda testigo y coprotagonista de aquel apretón memorable…