1580. MEMORIAS DE HOSPITAL
Laura Arenas Morán | LAW

Iban a subirme ya a planta para ingresarme. Una enfermera se acercó y me tomó la temperatura.

—¿Alguna alergia alimentaria que debamos saber?

—Mmm, creo que no.

Me quedé pensando unos segundos mientras la mujer miraba su Rolex de imitación.

—Bueno sí. Con la piña de bote me pica la lengua a veces.

La enfermera puso los ojos en blanco, hizo como que lo apuntaba en mi historial y se fue. Tenía una infección en el riñón y yo preocupándome por mi pequeña alergia tropical. Aunque en realidad andaba yo aún más preocupada por no poder fumarme un maldito cigarro, como mínimo, en tres días.

Me vinieron a la cabeza los típicos eslóganes de las cajetillas. ‘Fumar mata’, ‘fumar provoca cáncer’, blablabla. Y para rematar, con imágenes asquerosas de pulmones negros y bebés con cigarrillo a modo de chupete. Hay un montón de cosas que te pueden matar antes que un vicio. Seguro que muere más gente atragantándose con las uvas en Nochevieja, que fumadores en todo un año. Así que, ante la duda, yo prefiero matarme poco a poco. Carpe diem y esas cosas que se suelen decir.

Nada más entrar en la habitación, busqué las rejillas de ventilación y probé si las ventanas podían abrirse de par en par. Pero, cómo no, ahí estaba el detector de humos, así que la habitación quedaba descartada. ¿Y si me metía en el armario? Estaba desesperada, pero no tan loca. Gotero en mano, me arrastré hasta el baño. Al entrar, vi que no tenía ni ventana ni extractor. Pero si sumidero. El problema ya no era el humo en sí, sino el olor, la prueba del delito.

De pronto, me entró el cansancio por toda la mierda que me estaban inyectando en vena y me tumbé en la cama. Cuando me quise dar cuenta, habían pasado ya cinco horas. Así que comencé a trazar una estrategia bastante elaborada, como si fuera Sylvester Stallone en Plan de escape. Como los guardias de una prisión, no paraban de entrar enfermeras a todas horas. Decidí apuntar los horarios de cada comida, a qué horas me ponían la medicación, cuándo me medían la tensión o la temperatura y cuándo se llevaban el pis que estaba haciendo en un triste bote.

Después de tener toda la información que necesitaba, había llegado el momento. Esperé a que fueran las doce de la noche para que las enfermeras me dejaran en paz de una vez. Muerta de sueño, me encerré en la ducha, me puse en cuclillas y dejé correr el agua porque en algún sitio había leído que el agua absorbía el humo. Cigarrillo en boca y para mantener el equilibrio, me sujeté a la barra del gotero con una mano, mientras cogía el mechero con la otra. Todo aquel esfuerzo había merecido la pena. Al dar la primera calada, miré al techo, cerré los ojos y me sentí la persona más feliz e insana del maldito mundo.