Memorias de mi primer amor
Luis Manuel Castellano García | Luisma Monteagudo

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Cuando una es joven, el instituto era el lugar donde la mayoría de las cosas tenían lugar. Normal, ese edificio nos robaba casi ocho horas al día y era sencillo que los sucesos más inesperados y, también, los más aburridos, fuesen obra suya. Igual sacabas un diez en Matemáticas, que acababas siendo el objeto de burla de tus compañeras de clase. Sin medias tintas, oye. Puedo entender que muchas chicas digan que esa fue su época gloriosa; pero, yo os puedo jurar que, algunos de los momentos más felices que he pasado en la vida, no tuvieron lugar entre sus abarrotados pasillos. De hecho, la alegría cuando eres la rara de la clase no suele ser lo más habitual del mundo. Podía surgir de vez en cuando, con arrebatos de continuidad, hasta que caías en la cuenta de que te faltaban buenas amigas y que abundaban las compañeras que te condenaban por detrás.

De allí aprendí una sola cosa: la vida no se viste de blanco o de negro, sino de gris. Algo que me sirvió como un aviso a navegantes. Una hostia bien dada que me previno sobre lo que se avecinaba. Sin embargo, estarás pensando que, si mis cuatro años en el instituto fueron tan terribles para mí, es más que probable que no guarde nada especial de aquella etapa en mi corazón. ¡Estás equivocado! Sí que tengo algo. Un algo que me entusiasmó y me hirió a partes iguales. No obstante, antes debería hablarte sobre mi naturaleza. Porque hasta que no cumplí los veinticinco, no hallé eso del amor verdadero. La razón estaba en que me costó horrores salir del armario. Y gracias a la vida, tengo hoy en Ágata, ese cariño que me vino tan largamente soñado.

Por supuesto, no hay que ser una lumbrera para entender que parte de mis males eran culpa de esta no revelación. Una melancolía constante, que se acentuó ante la presencia de Carmen. Carmen era una niña muy buena, con quien compartí tres de mis cuatro años en el insti. Y durante ese breve espacio de tiempo, ella lo fue todo para mí. Hizo las veces de amiga, hermana, confidente y de amor secreto. Y sí, fue el descubrimiento de aquella querencia imposible lo que terminó por alejarla. Sin embargo, todavía atesoro entre mis recuerdos, como oro en paño, nuestra primera conversación. Fue a finales de un octubre donde, aún, duraba el espíritu del verano pasado en nuestras bronceadas almas. Entonces, una chica rubia apareció de improviso por el pasillo. Su caminar lento y extraño me resultó hipnótico. Finalmente, se colocó mi altura, donde pude comprobar cómo sus ojos eran tan grandes y verdes como dos aceitunas. En ese instante, a ella se le dibujó una tímida sonrisa en su carita.

⸺¿Segundo de BUP? ⸺me preguntó.

⸺Aquí.

⸺¡Uf!⸺contestó⸺. Creí que no llegaba.

⸺Has llegado temprano, mujer.

Tristemente no sé qué habrá sido de ella. A veces, nos imagino recorriendo juntas ese insti que ya no existirá jamás.