MEMORIAS
Julia Serrano | Sr. Gemulen

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Cuando saliste de mí, tenías los ojos cerrados. Al abrirlos, descubrí un mundo entero en tu mirada, un sonido nuevo en tu risa, al verte, descubrí que mi vida no valdría nada en comparación a la tuya, que podría haber dado todo lo que tenía en ese entonces, si así me aseguraba de tu bienestar.

Cuando te agarre en brazos por primera vez, no pensabas nada, apenas unos kilos, y supe desde ese día que te protegería con mi vida, que jamás dejaría que nadie te hiciera daño en mí presencia.

Cuando lloraste por primera vez, me juré que jamás volvería a hacerte llorar, que te amaría como nunca he amado nada, y que si tenía alguna meta en esta vida, esa era hacerte el niño más feliz del mundo.

Cuando reíste por primera vez, fue como hacerme un tatuaje, me dejaste marcada de por vida y tu apenas lo sabías. Jamás olvidaré esa risa, una risa que se repitió durante tu infancia, y que me volvió adicta. Me dije a mi misma, que jamás permitiría borrar esa risa de tu rostro.

Cuando me llamaste «mamá» por primera vez, quise escuchar tu voz junto a esas palabras durante el resto de mi vida, y quedarme enganchada a esas sílabas en un eterno bucle.



Y ahora que tus ojos se cierran eternamente, que jamás te volveré a tener en mis brazos, que no volveré a oír tu risa, que no volverás a llamarme «mamá». La que llora soy yo, que le pido a Dios, si es que existe, que me devuelva a mi niño y me permita una última mirada, una última risa, un último llanto, un último «te amo» y un último adiós.