1405. MENSAJE EN UNA BOTELLA
SILVIA PÉREZ DE BLAS | SIA ROUGE

Hay que joderse lo que es la vida. Para una vez que cruzo el charco y, ¡toma ya!, accidente de avión. La única superviviente, una servidora. Sí, ya sé que debería dar gracias por estar viva y así lo haría, de no ser porque estoy más sola que la una donde Cristo perdió la sandalia. No sé ni dónde estoy, lo único que sé es que es el Atlántico, no por el color del agua, sino porque viajaba a Colombia y llevaba ya mucho rato viendo fondo azul desde la ventanilla del avión.

Ya han pasado dos semanas y por aquí no aparece ni Dios. Si llego a saber que moriría sola y joven, no habría comido ni una maldita acelga en toda mi vida y no habría pisado ni una sola vez ese lugar de tortura llamado gimnasio. Me habría puesto morada de comer queso hasta que el anuncio de Danacol de la tele me lo dedicaran a mi, <> y habría asistido a uno de esos fiestorros en esas mansiones de Ibiza en las que al día siguiente te levantas y está ahí, mirándote fijamente, el tigre de “Resacón en Las Vegas”.

No habría tenido tanta paciencia con gente que no lo merece y nunca habría ido al dentista. Y, sobre todo, no me habría esforzado tanto por complacer a todo el mundo y me habría ocupado más de mi misma. Pero como se ve que no aprendí la lección, ahora la vida, caprichosa como es ella, me obliga a estar sola conmigo misma en esta isla perdida de la mano de Dios. 

Sin embargo, lo que más me pesa en este momento y de lo que más me arrepiento, es de no haber prestado atención a aquel programa de supervivencia de la tele cuando explicaban cómo abrir un coco con una puñetera piedra. Llevo ya dos semanas comiendo bichos asquerosos que encuentro por aquí y que saben fatal. Ahora sí que echo de menos las acelgas. De los cocos solo consigo sacar el agua para bebérmela, los condenados de ellos no se dejarían partir ni aunque tuviese una katana. 

Si alguien lee esto, por favor, que me haga caso. Lo más importante en la vida es saber cómo abrir un maldito coco.