573. MENUDO TROPIEZO
Alberto Sánchez González | Ail Sanpé

No era la oportunidad de mi vida, pero era un trabajo bien pagado.
Desempolve mi nariz de payaso y mi colorido traje.
Me maquille como en las mejores noches, un selfie bastante borroso y para adelante.
Busqué en el GPS la dirección del evento y allí me presenté. Estaba ante decenas de niños con innumerables usos para mi peluca.
Tres o cuatro volteretas mediante, me di cuenta de la oxidación que sufría mi cuerpo.
Acabé con la nariz tatuando el asfalto. Eso sí, las carcajadas provocadas fueron apoteósicas.
Y llegó el gran momento, mi show estaba preparado, saliendo por la puerta voceé sin mirar al exterior. ¡Buenoooos días! Estáis todos preparados o tengo que llamar a mis amigos Nito y Nita.
De repente el silencio se apoderó de la pequeña y mediana multitud.
La Hermana Amida, la monja más alejada de mi perfil de payaso estaba delante del micrófono, a punto de iniciar el discurso por el veinticinco aniversario del colegio.
Menudo tropiezo, y no me refiero al error.
Impactado por la situación me pisé los zapatones y caí rodando hasta los pies del improvisado altar.
Despeinado y con el traje a medio quitar. Me levanté, sonreí y exclamé en el alto. Viva la madre superiora.
Hoy trabajo de maestra en ese colegio. Sor Amida quedó impactada de mi capacidad para adaptarme al mayor de los ridículos. Ahora me llaman Sor y cada fiesta del colegio pinto mi cara de clound y sonrío al mirarme al espejo.