1033. MENUDO VIAJE
LOLA ENGUÍDANOS FAUBEL | ESCORPIÓN

Os voy a contar mi aventura. Por fin, después de media vida con el deseo de bordear su arista y subir a la gran duna, he estado allí; he visto la puesta de sol más hermosa que os podáis imaginar.
Fue Purita, una amiga pija, la que provocó en mí tal pretensión. Refería su viaje con tanto entusiasmo que, yo, yo lo vivía con ella.
En una agencia, vi un anuncio y no lo dudé; contraté mi viaje pese al inepto comercial que me atendió. Todo eran pegas y problemas hasta que le dije, enfadada, que dejara de mirar mi pelo jaspeado; bueno, casi blanco.
No os aburriré con los cientos de kilómetros que recorrimos desde Nador. Llegamos, el tercer día de viaje, a L’Albergue du Sud, el hotel en el que nos íbamos a hospedar tres días y una noche; solo una, la otra estaba reservada para las estrellas, al pie de la gran duna en medio del desierto. El desplazamiento, según la ruta prevista, era en quad, y ahí surgió el primer problema: no los había; en su lugar, quince camellos agachaditos, que movían su cuello y su boca sin darse tregua, nos aguardaban. ¿Para qué protestar?
Con la ayuda de un señor muy amable, que no dejaba descansar a su sonrisa, monté en uno de los dromedarios. Con un fino bastón dio el hombre unos toques en el cuello del bicho, y este se levantó en dos movimientos. Sin poderlo evitar exclamé: “¡Por Dios!, este animal es muy alto; sujételo bien que me caigo. Haga el favor, no lo suelte. Madre mía, me la pego. ¿Este hombre entiende lo que le digo?”.
Los quince camellos, en fila india, iban atados de cinco en cinco. Una cuerda que salía del arnés trasero de un animal, se enrollaba a los dientes del que lo seguía. Mi montura la habían colocado torcida, o eso creía yo, porque mi cuerpo y mi mochila se volcaban hacia la derecha. Con una expresión en mi rostro, que no quiero imaginar, volví a gritar: “¡Camellero, por favor, me voy para un lado!, ¡arrégleme esto!”.
Miraba hacia delante donde solo habían tres monturas, no me atrevía a volverme. Lucas, un joven de nuestro grupo que ocupaba la posición detrás de mí, gritaba con sorna: “Te ha tocado camella, esas son las peores”. Digo yo que algo de razón tenía, porque descubrí que mi camello iba suelto: “¡Camellero, camellero!, ¡este animal se ha soltado!, ¡venga y átelo!; ¡me va a coger algo!; ¡el puñetero anda por la arista de la duna!; ¡si me caigo desde aquí arriba no lo cuento!; ¡¿este bicho tiene que ir por el borde?!; ¡¿me oye, camellero?!; ¡que este animal se ha soltado!, ¡¿no lo ve?!”.
Hora y media de suplicio que destrozaron mi rabillo y mi garganta. Cuando puse los pies sobre la arena, al llegar, solo pensaba en el regreso.