Merienda
María Cecilia Guelfi | María Paloma

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Nuestros nombres y apellidos eran comunes, pero igual la casualidad era notable porque, además, habíamos nacido el mismo día. Mi madre creyó que por llamarnos igual nos haríamos amigas instantáneamente. Estaba nerviosa, cantaba. Preparó comida, puso un bizcocho en el horno, ordenó los juguetes para que estuvieran a nuestro alcance, se maquilló. Os recibió entusiasmada, apretó las manos de tu madre. Te presentó ante mi como si fueras un regalo del destino, la niña que me sacaría de mi aislamiento.

Me tranquilicé cuando vi que no estabas cómoda. Mi concepto de ti mejoró cuando me di cuenta de que tú tampoco querías estar ahí. Te ofrecí un libro como quien ofrece una salida. Un libro con la cara de un payaso en la portada. Te sentaste en el suelo a leer. Yo seguí construyendo algo con bloques de madera. Lo mejor era que pasabas de mi completamente. Media hora antes tenía un nudo en la garganta porque me habían impuesto esta cita absurda, y ahora me daba cuenta de que nunca me había sentido tan a gusto con nadie.

Al principio nuestras madres se asomaban a la habitación cada pocos minutos. Nos miraban, se decían algo en voz baja, sonreían, se miraban a los ojos y se alejaban tomadas del brazo. Después dejaron de venir y nosotras seguimos cada una con lo suyo. Cuando fui a colocar la última pieza en la cúspide de la torre que había levantado la construcción entera se derrumbó. Una de las piezas fue a dar cerca de ti. Sin decir nada la cogiste y la lanzaste por la ventana Te acercaste a mi y me diste una bofetada como no me habían dado nunca. Me ardía la cara. Tardé un segundo en entender lo que había sucedido y en ese segundo me ordenaste con un gesto que no dijera nada. Te sentaste a leer otra vez. Lloré en silencio.

Nos llamaron a merendar. Tú saliste de la habitación, yo tomé el libro que habías dejado en el suelo, lo coloqué en la biblioteca y te seguí. Nuestras madres estaban demasiado contentas conversando como para darse cuenta de que ni tú ni yo abríamos la boca. Al volver a la habitación no encontrabas el libro. Me miraste con rabia. Tuve miedo, pero te sostuve la mirada. Localizaste el libro en un estante y fuiste a cogerlo, cuando te giraste para volver a tu lugar te encontraste con mi cara. Te mordí la nariz, desde el salón llegaban las risas de nuestras madres. Apreté tu nariz blandísima entre mis dientes, años después, en la boda, mi madre diría que supo esa misma tarde que tu madre iba a cambiarle la vida. También cambió la mía, y la tuya. Cuando te solté tu nariz estaba roja y tenías los ojos llenos de lágrimas, pero no hiciste ningún ruido. Volviste a al libro, volví a los bloques.