Mesa para tres
Daniela Estrada Lázaro | Rosa Oje

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Padezco la desgracia de ser puntual en un país donde nadie lo es. Aquí lo normal es llegar diez minutos tarde y si te enfadas se extrañan. No saben que es una respuesta natural a lidiar con la certeza de que a nadie le importa tu tiempo; de que, en definitiva, a nadie importas. En este caso me he prometido que si no llega a la hora no habrá más oportunidades. Un minuto para las siete: si no aparece, no sabrá nada más de mí.



Entonces resuena, sin permiso, la voz de mi madre por algún recoveco de mi cabeza: te vas a quedar sola. Sola. La simple palabra basta para reabrir la cicatriz del pecho que llevo ocultando desde que empecé a prepararme, cuatro horas antes. Infringiendo un dolor similar al de una puñalada inversa, sale de la herida un pequeño diablillo. Vuela hasta la mesa y se sienta sobre el cenicero de cristal sonriendo con sorna.



Una fuente de calor interna me escanea de arriba a abajo. Todos los poros de mi piel se erizan y siento, poco a poco, cómo se van formando gotitas de sudor en mis sienes, manos, escote y la molesta hendidura bajo la nariz. Enciendo un pitillo y le pego un par de caladas frenéticas. Uso el extremo opuesto del cigarro para intentar quemar al diablillo. Él se ríe.



—¿Está bien, señora?



El camarero se ha acercado a la mesa. Asiento tímida y tapo el cenicero con la mano. No se va, espera a que haga algo malo… Señora… En realidad, ¿qué hace una señora quedando con alguien por Tinder? ¿Y si parezco mayor de lo que soy o de lo que enseño en las fotos? Pensaba que este vestido me haría más joven, más delgada, pero ahora sólo me siento ridícula y me aprieta todo. Ridícula. Gorda.



Con la fuerza de cada palabra siento que el diablillo crece y que su prisión va a estallar en cualquier momento. ¿Qué pensará la gente de la terraza si lo ven? Débil. El cenicero se acaba partiendo en pedazos y deja libre al bicho sonriente que ya alcanza el metro de altura. El camarero ni siquiera lo mira, recoge con parsimonia los trozos que han caído al suelo mientras yo agacho la cabeza. Torpe.



Quiero irme. Escapar.



Apago el cigarro, recojo mi bolso, pido perdón y agarro con todas mis fuerzas al diablillo de metro y medio. En el camino hacia la puerta, me cruzo con una mujer rubia que me mira con curiosidad.



—¿Raquel? ¿Eres tú?



Reviso el reloj. Las siete en punto. Ya no cuento con mi propia excusa. Contemplo con horror cómo Helena mira de frente al diablillo y a la mano ensangrentada que lo agarra. En vez de gritar o cancelar la cita, llama al camarero y le dice: “mesa para tres, por favor”.