MESA VEINTIUNO
PATRICIA ORTEGA LÓPEZ | PATIDIFUSA

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El uno de julio, mesa veintiuno en el hotel Santo Mauro. Una fecha grabada en rojo en mi mente y solo en ella. Le iba a ver por primera vez después de veinte años.



A mi marido le dije que tenía un viaje de trabajo. A mi hijo le envié a un campamento de verano. Sí, me sentía culpable, muy culpable, pero tenía que vivir esa experiencia: el reencuentro. Un capítulo de mi vida que tenía que reabrir o cerrar para siempre. Me lo debía a mí misma, a mi destino, al resto de mi vida.



Hacía seis meses que casualmente había vuelto a releer su postal enviada desde Florencia. “Te extraño” decía. Y esas palabras removieron algo dentro de mí. Ahora que mi matrimonio se iba literalmente al inodoro, para mí aquella postal lo significaba todo.



Le busqué en Internet, un arma valiosa que hace veinte años no existía, y le encontré. LinkedIn puede ser un gran chivato.

Seguía trabajando en el mismo lugar que me contó cuando éramos jóvenes en la playa, a luz de la noche, cuando nos enamoramos, cuando nos amamos en secreto y a escondidas. Ambos, en ese tiempo, también estábamos con otros.



Yo ya no soy aquella y su foto de perfil me dice que él tampoco.

Dedico una semana intensa a volver a ser esa chica: depilación, tratamientos faciales, manicura, compra de ropa y, porqué no, también de lencería, quién sabe.



Estoy que me va a dar algo, veinte años son muchos años. Pero él, en mi mente, ha sido el amor de mi vida. ¿Por qué? Porque nunca existió un final, porque nunca hubo un adiós. La vida y la distancia se interpuso, pero el sentimiento nunca murió.



Estoy aterrada. Ha llegado el momento. Cojo el coche. Pongo la dirección en Google Maps y simplemente voy, me dejo llevar. ¿Me reconocerá?



Llego a la puerta principal del Santo Mauro y pregunto por la reserva que ha hecho Guiseppe. Me sonríen cortésmente, como si supieran de qué se trata, y me dicen que ya está en la mesa.



¡Dios! Ha venido desde Turín. ¡Lo ha hecho por mí! ¿Cómo estoy? ¿verá aún en mi algo de aquella chica? Me echo un último vistazo en los cristales de la puerta que da paso al restaurante y todo lo derecha que puedo caminando sobre mis tacones, avanzo hacia la mesa veintiuno.



Le miro, me mira. No se parece a su foto en LinkedIn, quizá yo tampoco. Tomo asiento. Estamos uno frente al otro. Nos miramos y no nos reconocemos. Sobre el mantel, nos cogemos de la mano y no nos sentimos. Yo en Madrid, el en Turín. El tiempo y la distancia han hecho su trabajo. Sí, somos dos desconocidos. Pero quién sabe si esta noche el destino, volverá a hacer su magia en la mesa veintiuno