MESA Y MANTEL
Anabel Rodríguez Vázquez | Belisa Camp

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Era la primera vez que Raquel y yo nos veíamos fuera del trabajo. Empezamos cruzando un saludo de cortesía junto a la máquina de café, y en apenas media docena de capuchinos nos comíamos con los ojos, bajo la mirada inquisidora de jefes y compañeros.

No estaban bien vistas las relaciones entre empleados, así que dudé si pedirle una cita. Para mi sorpresa, aceptó sin dudarlo, e incluso eligió el lugar y la hora.

No fue puntual. Casi me había terminado la cerveza, cuando ella trastabilló sobre la mesa, disculpándose por el retraso.

Con frases torpes y entrecortadas, iniciamos algo parecido a un ritual de seducción: sonrisas zalameras, miradas cómplices, y el intencionado roce de nuestras manos, buscando la caricia furtiva. De pronto, como si se hubiera roto la magia del momento, su actitud cambió. Se mostraba esquiva. Contestaba con monosílabos. Pensé que tal vez me había precipitado al proponerle una segunda copa en un lugar más íntimo. Balbuceó unas palabras, mientras se atusaba el pelo visiblemente nerviosa.

-Lo siento. No tendría que estar aquí. Ésto no está bien. Mi marido ya habrá regresado del trabajo, y me estará esperando con la cena preparada.

No daba crédito a lo que estaba oyendo. Y pensar que el mío no sabe ni freír un huevo…