Mesas impares
Javier Martín Moreno | Dioni Oco

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Una noche más el restaurante está lleno: varios grupos de ocho o diez personas, un par de mesas de cuatro y unas cuantas parejas. Parejas cenando antes de ir a tomarse una copa, parejas después de una tarde de compras, la pareja del fondo que se ha conocido en una red social, algunas que ríen, y las dos parejas que están junto a la escalera que sube al reservado.

En la mesa de la derecha la pareja discute acaloradamente. La otra también discute, pero pasarían desapercibidos si no fuera porque a ella se le están cayendo algunas lágrimas.

En la mesa de la derecha la tensión sigue subiendo.

– Ya me has engañado dos veces. Y te he perdonado porque paso mucho tiempo de viaje, pero esto no. Con mi jefe, no. Esto ya no lo aguanto -dice él lo bastante alto para que le oigan dos o tres mesas alrededor.

– Pues mejor. Si no lo aguantas déjame en paz. Total, no estás nunca en casa. Y cuando estás eres un aburrido que sólo quiere ver la tele y comer palomitas -le replica ella alzando aún más la voz.

En la otra mesa parece que no ocurre nada. Acaban de servirles el postre.

– Mira, podríamos seguir viviendo juntos, lo paso bien contigo. Pero ya me conoces, no puedo evitar irme un día con una y otro con otra. No soy hombre de una sola mujer. Si no lo aceptas así, mejor dejarlo – le dice él mirándole a los ojos.

– Pero yo te quiero, eres el amor de mi vida – es lo único que acierta a decir ella, de forma casi inaudible, con una lagrima cayéndole por la mejilla.

La chica de la mesa de la derecha se levanta tirando la silla, coge el abrigo y se va diciendo a gritos:

– No te olvides de comprar palomitas, que ya no te quedan.

De la otra, se levanta él, rodea la mesa y antes de ponerse la chaqueta, da un beso en la mejilla a su compañera y le susurra:

– Soy un egoísta – y se va hacia el atril de la entrada a pagar la cuenta.

Así quedan dos mesas impares, huérfanas de un comensal.

Casi a la vez, ella primero y él un poco después, se levantan y van hacia los aseos. El a recomponerse la camisa, peinarse un poco con la mano y refrescarse. Ella a lavarse la cara, secarse las lágrimas y retocarse los labios y el rímel.

Y al salir, ahora a la vez, se encuentran en el estrecho pasillo.

– ¿Estás bien? -pregunta ella.

– No. ¿Y tú?

– Tampoco. Además, después de tanto grito me da vergüenza irme, pero me da más todavía quedarme solo.

– ¿Te apetece que nos terminemos el postre juntos y así lo hacemos más llevadero? -invita ella esbozando una sonrisa por primera vez en la noche.

Extraño comienzo para su primera cita.