86. METEORITO
EDUARDO ANDRÉS SALVAGO LÓPEZ | Lalo

Una cena de Nochevieja en casa es un invitar a la reconciliación de la familia. Quizás debamos dar las gracias a las pocas cosas buenas que nos han dado estos desastrosos tiempos pandémicos: acercar a los hermanos, escapar del estrés diario… O poder hacer más el amor.
—Verás, hijo, lo más importante en la vida es la familia. Ya sé que te gustaría estar en alguna fiesta con amigotes. No soy tonto. Pero esta noche es una nueva oportunidad para consolidar nuestros lazos.
Los quince años de David eran los suficientes para afrontar la situación. Con el móvil en su bolsillo izquierdo, esperaba notificaciones mientras mantenía firme la mirada en los labios explicativos de su padre.
Esa noche, que debía ser especial, se dejaban escuchar cláxones ocasionales, gritos de negacionistas y ladridos de algún perro con dueño ajeno a las horas del reloj. Extraña Nochevieja. Sobre todo, había silencio.
Pero, del piso de abajo, del piso de arriba… Desde la casa de al lado se escuchaba un sonido que progresaba in crescendo.
—Ah… Ah… Oh……
Papá seguía con su declaración de valores:
—Aún no eres mayor, David, pero te irás dando cuenta de que hay cosas que no son normales. Debes de aceptarlas. Verás que las personas miramos principalmente para nosotros mismos…
Abajo, arriba, al lado había personas que concebían la Nochevieja, no como un momento para la unidad familiar, una ocasión de acercar posturas, sino como la última noche de sus vidas. La noche anterior a la caída de un meteorito extinguidor. Por ejemplo.
—Sí, sí… Empuja, no pares —se escuchaba mientras un cabezal golpeaba una pared.
Miré a mi hermana pequeña, que dibujaba una sonrisa contenida. Miré a mi tía, que se tapaba la cara. Como hacía mi tío.
—Son risas —decía mamá mientras asentía.
Papá seguía hablando.
—Dime, David, ¿cuánto crees que dura una amistad que nace en una fiesta?, ¿siempre?… ¿O simplemente esa noche? Esas no son las personas que te van a apoyar cuando lo necesites… Se están riendo por ahí.
Arriba, al lado, debajo… Los gritos, los gemidos, el adiós al viejo año o la bienvenida al meteorito de extinción seguían pregonándose sonoramente por cada rincón del bloque de viviendas. Alrededor de la mesa había quien cenaba, alguien reía, otros daban lecciones de valores.
En algunacasa, había quien dedicaba su último hálito a otros menesteres.
—¡Que empujes, coño! —se escuchó claro. Definitivo.
Papá no dijo una palabra más. Posó sus cubiertos sobre el plato y me miró de diferente manera esta vez. Miró a cada uno de nosotros. Pensé que no se había dado cuenta. Que seguiría fomentando mis valores y que la velada se prolongaría como si nada raro se hubiera escuchado. Pero bajó la cabeza, cogió su tenedor, también su cuchillo y comenzó a cortar el cordero con una cara enrojecida. Caliente.
Se acabó el discurso. Terminó la sinceridad. Ahora no escuchábamos nada.
—Sólo están follando, papá —anuncié en mitad de un silencio tan largo como incómodo. No quise mirarle a los ojos.