77. MÉTETE EN EL PAPEL
Carina Lopez Llimargas | Carina

Tres años trabajando en aquel restaurante de comida rápida, obligada a llevar un uniforme de gallina amorfa habían pasado como la seda. Mi mayor pasión era acrecentar los hábitos saludables en nuestra sociedad mientras veía la mayor parte de mi sueldo esfumarse en pagar el alquiler de un piso de 20 metros cuadrados. Hoy era un día especial en mi rutinaria vida, pues mi amigo Joel me había pedido que sustituyese a una de las actrices en la obra de teatro de su escuela de barrio. Siempre había querido probar lo de ser actriz, pero me acabé decantando por destilar un permanente olor a aceite quemado en el pelo y aguantar a clientes ansiosos de carbohidratos soltándome impertinencias fruto de sus hipoglucemias.
Me dirigí hasta el teatro, sintiendo como mi vida empezaba de nuevo. Mi papel consistía en ser la altiva amante de un rico millonario a la que la mujer de éste pillaba infraganti.
– ¿Me has estado engañando con esta guarrilla de poca monta? -Gritó la señora Jules.
– ¡Pero bueno! ¿qué manera es esa de tratar a una dama como yo? Soy la señora de Brie, duquesa de Hamilton.
– ¡Ninguno de tus estúpidos títulos acallaran mi furia! -Amenazó de nuevo la señora Jules, que acto seguido pretendió clavarme un puñal a mí y al señor Jules, sentenciando nuestra supuesta muerte. Fingimos nuestra caída al suelo, y un líquido parecido al ketchup empezó a gotear de nuestros respectivos cuerpos heridos. Unos falsos gritos de dolor más tarde, el talón se bajó, dando por terminada la obra.
Tras varios tristes aplausos, todo el público, probablemente invitado de gratis, salió rápidamente del salón de actos, ansiosos de escapar de aquella insulsa experiencia teatral. Sin embargo, el jurado permaneció allí, con expresión de aburrimiento.
– ¿Se puede saber quién ha colocado la bolsa de sangre en la pierna a Michael en vez de en el vientre? -Gritó el director enfadado. A pesar de haber sido apuñalado en el vientre, era su pierna la que «sangraba». El nivel de estupidez y mediocridad de aquella obra aumentaba por segundos, y sentí una sensación extraña por todo mi cuerpo. No podía desprenderme del papel de Deborah, y todos mis pensamientos se volvían más y más altivos.
-Se acabó, sois toda una panda de inútiles. Soy demasiado buena para esto. -Dirigí mi mirada hacia los jueces, que miraban el reloj para poder escapar de aquel horrible lugar lo antes posible .- Siento mucho este espectáculo. Entenderán que claramente soy la única con talento en toda la sala. El director me miró enfurecido, cogiéndome por el brazo e invitándome a marchar.
– ¿Pero tu quien te has creído que eres, novata? -Me dijo una vez fuera.
-Deborah, y hoy empieza una nueva vida. –Contesté mientras marchaba, lanzando mi uniforme de gallina amorfa al mugriento suelo y tropezándome con los tacones, pero con la cabeza bien alta y sin perder la dignidad, si es que alguna vez había tenido alguna. Ya nadie podía detener a Deborah.