1134. MI AMIGA LA REFLEJOS
FRANCISCO PÉREZ GARCÍA | DeLaTormenta

Si te paras a esperar nunca ocurrirá. Si te paras a pensar no ocurrirá. El hecho de que me estés todavía escuchando y mirando como una pasmarote y no hayas salido corriendo es el ejemplo claro de lo que te estoy diciendo. Si tiene que ocurrir tienes que hacer que ocurra. Lárgate.
¿Aún dudas? Voy a exponerte el plan una última vez. Atenta:
Baja a la calle, tienes la llave de la motocicleta en tu mochila, el trayecto hasta la playa no debe durar más de siete minutos. Cuando hayas aparcado acuérdate de mirarte en el espejo retrovisor. Olvídate de esa mierda de que la coquetería es para débiles. El casco de la moto es un mago burlón de los pelos: puede transformar tu ahora bien estudiado peinado en una greña inmunda o puede dejarte el cabello como recién salido de la mejor peluquería de la historia de los pelos con la onda justa para darte ese aspecto de malota que tanto te gusta. Lo demás está hecho. Despójate de toda melindre humana y prepara tu mente y tu cuerpo para cualquier rebozo en arena, barro o saliva. Si sale bien la saliva será abundante.
No puedo creer que no salgas corriendo.
Cuando llegues a la playa búscalo. No tengas ninguna prisa ni te hagas un cigarrito cuando lo veas de espaldas y te intente asustar la ansiedad. El cigarrito siempre después. Le gusta compartirlo y así tendrás otra cosa más que hacer con él cuando empiecen a hablar los corazones y las palabras se vayan marchando. Se está haciendo tarde. Debes salir. ¡Inmediatamente!
Eusebia se miró por última vez al espejo. Su imagen, su amiga La Reflejos, aún se quedó un instante en el otro lado. Quería asegurarse de que la Eusebia de carne y hueso salía de casa. Le pareció curioso que después de setenta y siete años todavía se pusiera tan nerviosa por una cita. Pero claro, ella, aunque muy sabia, no era más que eso, el reflejo de Eusebia, y no tenía sistema nervioso para sentir cosquillas ni vértigo.
Eusebia llegó a la playa y cómo ya sabía lo que buscaba no perdió ni un segundo. Lo vio de espaldas frente al espigón, corrió y lo abrazó con fuerza. Él se dejó hacer. Llevaba mucho tiempo esperando a que Eusebia se decidiera a darle vida. Él, al fin y al cabo, sólo era un Sueño, unas ganas antiguas, un deseo de libertad. Nada más y nada menos. Eusebia se sentó en la arena junto a su Sueño, por fin. Sacó su móvil y se matriculó en Arte Dramático vía online. Su sueño era ser actriz y pasar noches en vela a veces interpretando, a veces inundada en saliva. Se encendió su cigarrito. Él, su Sueño, sentado a su lado muy acurrucado, le pidió una calada.
¿No será tarde? dijo, cruel, el Sueño de Eusebia.
¿Cuándo es tarde? Somos el tiempo que nos queda, dijo Eusebia.
Pues también es verdad, respondió el Sueño apoyando la cabeza en el hombro de Eusebia.