MI GATO DE FIELTRO
Antonella Vanessa Nuñez Cardenas | Lisístrata

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Estuve recorriendo cual meandro de un pequeño riachuelo la sala de espera de la clínica veterinaria, hasta que de pronto –conforme a mi silenciosa intuición– acortó la distancia hacia mí el veterinario. Sentí como cada uno de sus pasos me despojaba de la conciencia y se llevaba consigo retazos de mi alma, cada pisada, por más tenue que fuera, desgarraba la poca razón que aún contenía este recipiente humano. Solo le bastaron cinco palabras para expulsarme en carne viva de este receptáculo y con las vísceras de mi alma en la palma de su mano, preguntó: “¿qué hacemos? -Tenemos que dormirlo”.



Ya en casa, intento dar cobijo a esta alma herida en el diván de la sala. En la mesa de centro me acecha tu retrato, lo observo, lo escudriño minuciosamente, procurando atesorar cada instante compartido a tu lado. Sentada, todavía con tu urna entre mis manos, percibo como mis dedos entrelazados se hienden como una cuerda tensa por el peso de tu ausencia.



Busco un refugio en la alcoba, me recibe tu rasgador, sin siquiera quererlo me has desterrado de mi hogar. Abatida, me dejo caer sobre la cama, solo quiero dormir. Inconscientemente, entreabro los ojos y logro vislumbrar entre las sábanas unos pequeños filamentos naranjas, usuales en los gatos atigrados, parecen unirse y entrenzarse entre sí tejiéndome el camino hacia el mundo onírico. Es el efecto anestésico de aquello que nos resulta familiar.



Despierto, han pasado casi doce horas, me cuesta abrir los ojos y me pesa la mirada. Aún me siendo adormecida, no logro alcanzar el interruptor, por lo cual; recorro dando tumbos el estrecho y poco iluminado pasillo. Tropiezo, pero no caigo, algo me mantiene en pie; el sobresalto me hace posar los ojos en la causa de mi traspié, es el pájaro de fieltro que te hice por tu décimo primer año. Lo cojo entre mis manos, lo miro, lo huelo, ¿cómo un trebejo tan pequeño puede alojar todo el sufrimiento que en este instante le estoy trasladando?



Después de dos días desde mi encuentro con tu curioso juguete, lo comprendo y te doy las gracias por haberme dejado esa pista en el camino, sin siquiera quererlo me has guiado hacia este cálido refugio.



Concebirte ahora en fieltro es la mejor decisión que he tomado desde que abandoné la clínica veterinaria, esculpir y moldear tu ondulante figura me ayuda a sobrellevar tu partida. La suavidad del vellón de lana emula tu terso pelaje y para darte forma las púas de la aguja generan pequeñas incisiones sobre el vellón, muy similares a las poco profundas fisuras que dejabas en mi piel cuando -jugando- la emoción se apoderaba de ti.



He culminado, me siento conmovida, la actividad febril me invade, me aferro a tu nuevo molde corpóreo como si acabara de conocerte por primera vez. Estás vivo de nuevo. Sé que no maullarás más y no encuentro problema en ello, acercándote a la vejez llegaste a ser muy silencioso.