MI HIJA
María Ramos | NK

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Cuando salí de la siniestra habitación, solo me quedaba un ápice de esperanza. Mis pocas pertenencias en una camilla y un suspiro guardado en la garganta. La primera no fue la última vez. Una suerte de fantasmagóricos intentos que terminaron en una alegría recompensada. Y, sin embargo, la primera vez que estuve en esa clínica supe que María tardaría en llegar.