Mi madre y yo.
María Matienzo Puerto | Oshun Lary

3/5 - (1 voto)

La relación con el hombre aceitunas fue corta. Mi madre se opuso desde el primer instante. Él llegó un día y de las miradas fortuitas, sin darnos cuenta, pasamos al parloteo. No es que nuestra conversación tuviera mucha coherencia. Yo era una niña en su primera vez, sin mucho que contar. Él tenía la piel verde y le brotaban frutas carnosas.

Estoy segura de que toda la familia hubiese preferido que me gustaran los marpacíficos, las mujeres, los chivos, las vacas, las ovejas, los peces, los pájaros, los girasoles, la música, los perros, pero yo prefería al hombre aceitunas que nunca tuvo un nombre.

Una conversación amena con él significaba que podía ir comiéndomelo poco a poco. Entre la acidez de sus palabras, la masa de las aceitunas, yo quedaba extasiada y no pedía más que otro encuentro. Preferíamos los parques mientras los niños nos rodeaban y las madres huían escandalizadas.

A veces yo sospechaba que había alguien más, pero como sus frutos eran suficientes, no protestaba. Me enjugaba los labios con la lengua para disimular cómo la boca se me hacía aguas.

«Mi madre no quiere que yo esté con un bicho raro» le decía para herirlo.

Él sonreía. A mí me daba una rabia enorme, entonces me lo comía con más prisa, queriendo que se acabara de una vez por todas.

Pero mi madre se empeñaba en separarnos. En cualquier momento no serían solo amenazas por eso no me sorprendió el día que encontré un papel que decía: «Lo sé todo. No te atrevas a salir».

Temblé. Imaginé la mano de mi madre cayendo sobre mi cara, pero las ganas de comer aceitunas eran irresistibles. Cerré la puerta tras de mí dispuesta a todo.

El hombre aceitunas no llegó a la cita. Me desconsolé. Empecé a buscarlo en todos los parques que frecuentábamos. No le pregunté a las madres que habitualmente se escandalizaban. No quería que supieran que sentía un hambre incontrolable.

Lo ví a los lejos. No estaba solo. Una niebla me cubrió los ojos e hizo que acelerara mis pasos. Crucé la avenida con la verde, los autos me pitaron, una mujer me gritó, sentí un frenazo, la bocina del bus tronó, llegué a la otra acera. Solo quería aclarar mis sentimientos. Debí caminar más lento. Pestañeé varias veces. No me hacía ideas. Recostados contra un árbol vi a mi madre hablar, mientras se llevaba una jugosa aceituna a la boca.