MI PRIMER DÍA EN LA UNIVERSIDAD
Pepa de Pedro Palazuelos | Hipatia

1/5 - (1 voto)

En aquel otoño de 1850, en Madrid se respiraba cierto optimismo, por las calles deambulaba algún que otro caballero con su chistera que, de pronto, se cruzaba con alguna señorita y como gesto de saludo se inclinaba despejando durante unos segundos su cabeza. No me sorprendí al ver que no era objeto de su atención, me podría acostumbrar a ser ignorada y a no ser blanco de las miradas masculinas, aquello no lastimaría mi autoestima.

En esto iba pensando según me iba aproximando a mi destino, sin poder evitar el nerviosismo que me producía el solo hecho de imaginar ese, mi primer día en la Universidad.

Ya estaba allí, en el número 47 de la calle San Bernardo. El corazón me palpitaba con fuerza al subir los escalones de acceso. Cuantas ilusiones había puesto en aquel comienzo.

Subí las escaleras hasta llegar al aula magna, allí se iba a dar la bienvenida a todos los alumnos de ese año, me senté en la tercera fila, no quería dejar pasar ningún detalle de lo que ahí sucediera. Aunque por momentos sentía que era objeto de algunas miradas, enseguida empecé a sentirme cómoda. Escuchando las palabras del decano comprendí que aquel era mi sitio.

Ya de vuelta a casa, en el portal, tuve suerte de no cruzarme con ningún vecino. Abrí la puerta de contadores y me dispuse a cambiar mi atuendo del día por otro más convencional. Dejé a un lado la chistera que cubría mi pelo recogido en un moño sobre la nuca, tomé la blusa un tanto arrugada y la larga falda que muy hábilmente había plegado en una bolsa con los libros de derecho. Después de todo, había sido buena idea llevar el corsé y la enagua bajo aquellos pantalones y aquella ancha levita que disimulaba mi cuerpo femenino.

Subiendo aquellas angostas escaleras de madera que crujían a mi paso pensaba en cómo iba a contar a mis padres el transcurso de aquel primer día en las aulas de la Universidad Central de Madrid, teniendo que encubrir mi verdadera identidad al matricularme con nombre ficticio, ocultando mi género.

Estaban todos en el salón tomando el café de media tarde. Saludé y me senté sirviéndome otro, abrí la bolsa y mostré el libro de derecho civil, poniéndolo sobre la mesa mientras les exponía mi decisión y el modo cómo me había introducido en esa facultad vetada a las mujeres. Para mi sorpresa, entendieron los motivos que me habían llevado a actuar así.

Al día siguiente desperté después de un sueño reparador dispuesta a comerme el mundo, cogí la camisa, los pantalones y la levita, arreglé mis cabellos y puse sobre ellos esa chistera que sería mi compañera durante algún tiempo.

Diez años más tarde leí en el periódico que otras mujeres, sin necesidad de ocultar su condición y aspecto tras levita, pantalón y chistera, habían logrado acceder a la universidad. Ese, junto a mi primer día de clase, fue uno de los momentos más felices de mi vida.