Mi primer paracaídas
Esteban Belmonte | Belserra

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El aire es más denso en primera clase. Las piernas, azarosas y cansadas, se extienden a lo largo de la semana con conciencia de domingo. El grueso vacío que cabe en la ventana del avión huele a manzanilla y viento. Quería leer este libro que sostengo con las manos pero mis gafas están mal graduadas, otra vez, y además este libro no es mejor de lo que imaginaba. Tengo tantas cosas por las que quejarme en esta vida: las metas por cumplir, el café gratis en business, la vida breve del aire entre una boca y la otra, la voz de la sobrecargo sobrecogida con sobredosis de incertidumbre. Saber que las cosas suceden por algo y no saber por qué suceden.



Pues ese algo está pasando. Algo se cuela en esta desescalada precipitada con punta de lanza. No consigo contenerlo dentro de mí. Vuela el pájaro de mi interior dentro del avión. Este pájaro de hierro es un sueño roto en caída libre.



Se escapa, se escapa, se escapa todo lo que no he vivido. Quiero aliviar este sinsabor, dejar de pensar, no volver el lunes a la oficina, abandonarme a una conversación laxa con la azafata. Ser vulgar un día más, pero indeseablemente exquisito en mis rarezas.



Se escapan los recuerdos. Quieren existir sin mí, no me necesitan. Tan solo he sido una vía de escape, una fútil redención a tres mil pies y descontando. La sombra larga y sudorosa todavía queda suspendida en este trono de aluminio y falsa seguridad. Sé que sigo en el avión porque no me he quitado mi sombra de encima.



Cuando cojo un avión, no espero morirme durante el trayecto. El vuelo siempre es ágil, leve y esporádico. Pero lo que un sentimiento puede abarcar en el corazón de un hombre dura, en ocasiones, demasiado tiempo. El vuelo dura lo que tiene que durar el confeti en el corazón. El viento, por consecuencia, no es más que la apariencia del aire que reposa entre dos cuerpos.



Salta las luces de emergencia. La gente grita, yo también. Sigo la histeria colectiva, soy parte de un todo, insignificante y vívido. Caemos todos en desgracia. Caemos todos, ¡y qué gracia! Si no sé volar, si el paracaídas no se abre, tampoco puedo quejarme; he pagado 12€ por un asiento extra-XL con vistas al mar.