¿Mi primer…?
carmen serrano climent | Mamen

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Planeé con Silvia, mi mejor amiga, irnos juntas de vacaciones a Creta al final del verano. Yo saldría un par de semanas antes y luego nos reuniríamos para seguir juntas el viaje. Me hospedé en un pequeño hostal, el ambiente era estupendo, lleno de jóvenes mochileros como yo.

Desde el primer día me sentí atraída por Allan, un danés muy atractivo, deportista, culto, divertido… pronto nos hicimos inseparables y nos enamoramos hasta las trancas. Una mañana me propuso pasar el día en la playa de Matala. Cuando llegamos con su moto, Allan comentó que prefería correr por la arena antes de bañarse, que no le esperara.

Como soy una loca del mar, decidí adentrarme. Las olas no seguían un patrón, eran pequeñas y erráticas, resultando incómodas. Al ver que tras ellas el mar era un plato, decidí pasar el rompeolas para nadar un rato, mi gran pasión. Enseguida me percaté de que había una fortísima resaca. Intentaba con todas mis fuerzas volver a la playa, pero el mar me arrastraba, en cuanto aflojaba en la lucha me alejaba más y más.

Me sentía completamente agotada y entré en pánico, no había nadie a la vista. Conseguí aplacar mi mente y me dije: eres una gran nadadora y vas a salir de esta. Al borde de mis fuerzas, recordé que la mejor manera de combatir a la resaca era nadar en paralelo a la playa y así lo hice. En cuanto noté que podía ir hacia la arena, braceé con las pocas fuerzas que me quedaban y llegué exhausta a la orilla, donde me quedé inmóvil hasta que llegó Allan, que me preguntó con una sonrisa burlona ¿qué, lo has pasado mal? Al relatarle mi traumática experiencia no me prestó la menor atención, incluso se reía al ver mi cara descompuesta.

Mientras comíamos en el chiringuito, un hombre llegó corriendo y gritando, había un hombre ahogándose. El propietario del local le lanzó un salvavidas con un cabo largo, se le notaba con experiencia. Al pagarle, nos comentó que era una playa muy peligrosa, con frecuentes ahogamientos, a lo que a Allan respondió que ya lo sabía.

Cuando llegó Silvia nos pusimos como locas a charlar, a reír, a contarnos nuestras aventuras. A Allan se le veía molesto con nuestra complicidad y se ponía furioso cuando hablábamos en español y no nos podía entender.

Un día decidimos volver a la playa de Matala. Mientras comíamos en el chiringuito y tras una botella de vino de retsina, relaté a Silvia lo que me había pasado en esa playa. Al verbalizarlo, empecé a sospechar de sus verdaderas intenciones, el amor me había cegado. Allan se defendió de mis acusaciones llamándome exagerada y paranoica mientras bebía lingotazos de ouzo, el aguardiente griego. Furioso y tambaleándose, se dirigió bravuconamente al mar mientras yo le gritaba ¡que te folle un pez! Al poco tiempo oímos a unos hombres gritando. A lo lejos vimos el cuerpo de Allan, inerte, tendido en la orilla.

¿Mi primer asesinato?