Mi primera cicatriz
Javier Cabrero Vaquero | MABUNI

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El sudor frío había llenado de humedad las sábanas. Miró tras la ventana y el viento arrastraba la nieve que flotaba en el aire golpeando con fuerza el cristal. Al fondo de la calle, un ligero humo blanquecino levitaba saliendo de una alcantarilla, hacía tiempo que aprendió que es un acontecimiento que surge cuando el agua fría se filtra entrando en contacto con las tuberías calientes, y es entonces cuando el agua se evapora recreando un escenario idílico para el terror nocturno.

La sangre galopaba de manera desenfrenada, golpeando con fuerza sus venas, incluso llegaba a sentir los latidos de su corazón en las yemas de los dedos haciendo que revolotearan nerviosos. La respiración acelerada moría en su pecho sin satisfacer la necesidad de sus pulmones. Abrió la ventana en busca de ese aliento que lo salvara. Lo hizo con mimo, no quería hacer ruido y que alguien se enterase de su revuelo nocturno. Un hilo de aire frío entró, erizando su piel, pero era insuficiente para recobrar una respiración acompasada que lo ayudara en su agonía.

Caminó de puntillas hasta la cama sentándose en su borde, y tras un breve rezo clamando al cielo, cogió el teléfono despacio evitando mirarlo de manera directa. En esos instantes su mente le regaló un instante de calma. Un instante en el que le permitió volar e imaginar que todo había terminado, que un breve texto en la pantalla arrancaría de su cuerpo todo ese miedo que entumecía su cuerpo. Resopló mientras mantenía sus ojos cerrados vaciando todo el aire de sus pulmones. Los abrió y la pesadilla continuaba. No había ningún mensaje. Se dejó caer en la cama en una perfecta sintonía con sus lágrimas que de nuevo comenzaban a tintar su rostro de un ligero salado, ahogando en su garganta gemidos de llanto que malograba enmudecer.



Al otro lado de la puerta el brazo de aquel hombre recorre la espalda de ella, a la vez que acaricia con la mano su pelo rubio. Un abrazo que quiere trasmitir la fuerza necesaria para no traspasar la puerta que aún sigue cerrada. Ambos cruzan sus miradas llenas de tristeza y de esfuerzo. Él, besa la mejilla de ella. Un beso que lleva escrito la comprensión más sincera. Ella, eleva su mirada buscando la de él, casi suplicándole que le permita entrar. El aprieta más sus brazos reconfortándola en el calor que desprende su cuerpo.

Finalmente, ambos se giran y caminan hasta su habitación, dejando un reguero de desolación en sus pasos. El dolor es intenso, pero con sus manos saben que no pueden hacer nada más. Ella, se acuesta junto a él y recuerda. Su mente rememora la primera vez que un hombre decidió partirle en corazón. Y de improvisto, como con la sutileza de un engaño, una diminuta lágrima decide compadecerse de su hijo.