Mi primera cita en el psicólogo
Cruz Abenza Ros | Cruz Styles

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Todo comenzó cuando después del Covid empecé a salir cuando se permitió. Mi ansiedad seguía ahí, pero cada vez menos. Llegó un momento en el que me olvidé de esos pensamientos que me atormentaban la cabeza. Gracias a las salidas que hacía con mis amigos me conseguí despejar hasta acabar superando esa tortura.



Pasados dos años, me quedaba todos los días en mi casa sin salir debido a que por distintas circunstancias perdí a esos amigos que me ayudaron a recuperarme. Conforme pasaba el tiempo mi ansiedad volvía a asomarse por la puerta cada vez que salía a la calle, ya no estaba acostumbrada a salir a tomar algo o de fiesta. Esos pensamientos de “algo malo va a pasar”, “me va a dar un ataque de ansiedad en medio de todo el mundo”, “voy a vivir con este sentimiento toda mi vida” , no paraban de venir a mi cabeza. Hicieron que mi estilo de vida fuera la ansiedad, y no una ansiedad leve, sino una que hizo que tocara fondo todos los días.

Tras sufrir una recaída, no quise volver a pasar por la ansiedad que me afectó durante la cuarentena, y decidí tener mi primera cita con una psicóloga. Estaba bastante nerviosa, aunque el simple hecho de haber pedido cita me daba algo de esperanzas.

Llega el día de la cita, y lo primero que me dice mi psicóloga es, “¿Cómo estás?”. Con esa pregunta se me vino el mundo abajo y comencé a desahogarme. Le conté datos de mi infancia, el daño que me hicieron algunas amistades, lo que me pasó en la cuarentena y mi actual recaída. Yo veía cómo iba apuntando todo lo que le decía, no sabía muy bien el por qué. Tras varias sesiones, mi psicóloga me aconsejaba qué camino elegir o mirar según las cosas que me pasaban durante el día. Fue un proceso en el que mis días parecían una montaña rusa de emociones, aunque cada día sentía que estaba arriba del todo y el hecho de ir a terapia parecía dar sus frutos.



Tras pasar un año de terapia, fui a mi última sesión sin saberlo. Ya me sentía feliz, veía un futuro muy positivo, no me agobiaba estar entre una multitud y pensar que me iba a pasar algo, simplemente me dedicaba a vivir el presente sin ningún tipo de preocupación.

Una vez entro a la consulta, me pregunta mi psicóloga cómo me encuentro, y le cuento todo lo bueno que me está pasando. Ella sigue apuntando datos en su libreta, y con una sonrisa me dice que me he recuperado y me da el alta. En ese momento no me pude sentir más orgullosa de mí misma, de todo lo que superé, lo mal que lo pasé y lo bien que estoy ahora. Le di un abrazo a mi psicóloga sin pensarlo para agradecerle su ayuda, y decidí seguir yendo a terapia porque es lo que me hizo sentir bien después de tantas batallas con mis pensamientos.