MI PRIMERA CITA
Fernando Armas Pérez | RUI DE MALPARTIDA

4.1/5 - (7 votos)

El corazón latía intrépido con entusiasmo pueril mientras me preparaba para la primera cita con Adam. Le conozco desde el día que logré vencer la pereza y comenzar en el gimnasio por… ¿enésima vez?

Abrió la puerta de cristal y la mantuvo gentilmente hasta que puse los pies en la calle húmeda y gélida. Odio el frio. Quizá fuera la razón de posponer la cita… «¡No te engañes!», me confieso a mí misma. «Soy cobarde».

Se colgó la bolsa deportiva y continuamos recto durante un largo tramo de la calle que yo rebauticé aquel día como calle Infernal. Sentía el calor en las mejillas por la vergüenza. Si Adam se fijara en mis mejillas en ese instante, vería los mofletes ardiendo. Por suerte, él esquivaba a los transeúntes, que andaban absortos, enfundados en los gruesos abrigos.

Se detuvo en la dulcería por un instante, no compró nada. Yo sí. Aproveché el semáforo en rojo; entré rápidamente y me compré un enorme dulce de crema. «¡Estúpida!», me critiqué mientras lo devoraba; «así no bajaré de peso nunca. ¡Mierda!».

Me tocaría hablar de mis gustos escondiendo mi pasión por los pasteles. Adam andaba en silencio. Era encantador, atento… ¿Misterioso?

Cruzamos el puente. Imaginé que tomaría mi mano. Me sentí más segura con él tan cerca.

Un tímido rayo de sol se ocultaba en el horizonte y las luces de la ciudad comenzaron a brillar.

Adam miró atrás de soslayo. Yo me hice la distraída. Cambió el bolso de mano y apretó el paso. «¿Tendría tanto frio como yo?

La cita se convirtió en una persecución por las calles de la ciudad. Me fallaban las fuerzas. Hoy había sido un duro día de piernas. No sabía dónde vivía Adam, pero la adrenalina y la emoción mitigaban la fatiga. ¿O no?

Cruzó la avenida principal y tomó la calle Alameda. No podía seguirlo. Me senté en un banco a recuperar el aliento. «Creo que deberíamos hacer esto más a menudo», pensé que me había dicho al despedirnos.

—¡Hasta mañana! —le grité con voz tonta y aturdida, cuando terminé la absurda persecución.

Dos señoras me miraron con expresión de asombro. «Sí, sí… Las entiendo», les respondí frustrada.

Miré su figura desvaneciéndose en la distancia.

Pensé para mí misma: «Ojalá mañana sí me atreva a pedirle una cita».