MI PRIMERA CONFESIÓN
CLAUDIA GALVÁN REULA | VIRGINIA CARRASCO

Votar

MI PRIMERA CONFESIÓN



No podía olvidarse de nada, cualquier cosa era pecado. Iría de cabeza al infierno si no le contaba todo al sacerdote. Así se lo había repetido la monja una y otra vez. Ese infierno ardiente, del que jamás se salía, al que iban a parar las personas malas. «Si al menos después de un millón de años se pudiera ir al cielo», pensaba. Pero no, de allí no se escapaba nadie. Jamás.



Ahora esperaba su turno, sentada en un banco de la iglesia. Mientras escuchaba la letanía de las mujeres a su alrededor —Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa—, intentaba concentrarse para no olvidar nada: las veces que había desobedecido a sus padres, las mentiras que les contaba para evitar algún castigo, aquellas palabras feas que se le escapaban cuando se ponía rabiosa. Ah, y los malos pensamientos, que por lo visto también se consideraba pecado. Lo peor de todo era lo del monedero. ¡Qué preocupación!

Era tan bonito… Y a ella nunca le habían regalado uno. Su hermano ya tenía una cartera. Pero seguro que esa excusa no iba a servirle de nada: había incumplido el séptimo mandamiento. Acabaría en el infierno, a no ser que lograse quitárselo de la cabeza. Las monjas decían que si se le olvidaba algo, Dios la perdonaría. Contaba con los dedos todas las faltas que se le iban ocurriendo, a ver si así lograba borrar aquel pecado de su cabeza. Pero nada. El monedero se le aparecía una y otra vez, como el mismísimo diablo.

Le dio un retortijón, unas ganas tremendas de ir al baño. «¡Señor, ayúdame!» El olor a incienso le quitaba el aire. Y aquellas mujeres, esperando su turno sin que nadie las obligara… ¡Qué raros eran los adultos! ¿Cuántas veces había que confesarse en la vida?

Miró al techo. Las lámparas enormes, abarrotadas de bombillas que parpadeaban, le decían: «Monedero, monedero». Deseó que le cayera alguna encima; así la llevarían al hospital.

El monedero, el dichoso monedero… «¡Dios mío, haz que me olvide del monedero!» Las campanas comenzaron a repicar con estridencia. El corazón le latía muy rápido. Se le iba a salir por la boca. Encogida en el banco, abrazada a su tripa, deseó haber llegado ya al infierno. Que todo hubiera acabado de una vez.



El cura le hizo una indicación con el dedo. Se levantó. Los pies le pesaban como si llevara cadenas de plomo anilladas a los tobillos. Como si un ancla gigantesca lastrara cada uno de sus pasos. Sentía palpitaciones en las sienes, cada vez más intensas a medida que se acercaba. Tras el tremendo golpe que se dio en las rodillas al caer sobre la madera del confesionario, oyó: «¡Shhh!». Con voz temblorosa, saludó al sacerdote.

—Hola…

—¿Cómo que hola? —Escuchó al otro lado—. Señorita, tiene usted que decir ave María purísima. Veo que no está preparada para confesarse. Cuando lo esté, vuelva por aquí.