Mi primera vez con Jorge
Rosa Isabel Cándido Mateu | Abel Ross

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La idea de verle por primera vez me ponía muy nerviosa, más bien me tenía aterrada. Sólo habíamos hablado por teléfono, nunca nos habíamos visto cara a cara, hasta que hace unos días me llamó para decirme que era necesario que nos viésemos en persona.

¡Madre mía, me moría de vergüenza con sólo pensarlo!

Costó un poco encontrar un hueco en nuestras apretadas agendas, aunque finalmente logramos acordar día y hora.



Pasé varios días pensando qué ponerme, sobre todo eligiendo escrupulosamente qué ropa interior utilizar…¿mejor braguitas, más clásicas y recatadas, o un tanga que tal vez quedase demasiado atrevido? ¿Conjuntada con el sujetador, o eso no era importante? De cualquier modo, me iba a durar poco tiempo puesta, así que realmente no importaba mucho.

Finalmente, elegí un conjunto de algodón en color azul oscuro, sin estampados, cómodo y a la vez elegante por su sobriedad, con el que siempre me sentía bien en estas situaciones.

Me fui a mi centro de estética habitual el día anterior a la cita, y pedí que me depilasen con cera las axilas, las piernas y muy especialmente la zona púbica.

No sé por qué me importaba tantísimo mi apariencia, que él me viese como una mujer pulcra, estilosa, incluso sofisticada. Total, su opinión sobre mi imagen no era en absoluto relevante, no íbamos a vernos con demasiada frecuencia. Quizás era cuestión de amor propio, pero no quería causarle una mala impresión.



Y llegó el día.



Pasé toda mi jornada laboral pensando en anular la cita, y pendiente del teléfono por si era él el que llamaba para decirme que posponíamos nuestro encuentro con alguna excusa. Nada de eso pasó. Así que al llegar a casa, me di una larga ducha, me vestí, me puse unas gotitas de mi perfume favorito, ese que me hace siempre sentir empoderada y segura, y salí con tiempo de sobra por si encontraba algún atasco o me costaba aparcar: me gusta la puntualidad, para mí es muy importante.

Llegué a la dirección indicada con casi media hora de antelación, y estacioné mi vehículo en un parking público cercano. Dudaba entre hacer algo de tiempo mirando escaparates o entrar ya en el edificio aunque él no me esperase todavía. Sentía el estómago encogido, cosa que me avergonzaba ya que no era ninguna niña, y no iba a ser ni mucho menos mi primera vez, pero no podía controlarlo. Respiré hondo y llamé al timbre. Me abrieron sin preguntar y subí.



Poco después estaba tumbada, desnuda de cintura para abajo, sin saber dónde mirar.



Debo decir que Jorge fue extremadamente delicado desde el principio, lo cual me facilitó mucho las cosas. Finalmente, no resultó tan incómodo como yo pensaba.



Hice bien aceptando la recomendación de mi ginecóloga habitual, que se había jubilado, para que pidiese cita en la consulta de su hijo. Siempre he sido muy pudorosa, pero a partir de hoy ya no me importará que sea un hombre el que realice mis revisiones.