Mi último amanecer
Bruno Civettini | BR1

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Era una tarde como muchas, corría el año 1926, no recuerdo el día exacto, era casi verano. Había acabado tarde en la obra y ya había oscurecido. Era mi último crepúsculo y yo ni siquiera me había enterado. La obra de la basílica me absorbía por completo. Trabajaba y vivía en ella. Por aquel entonces, como ahora, el tiempo no tenía valor, pasaban los años sin darme cuenta. El único reloj que me mandaba era de la construcción del templo, un reloj que iba demasiado lento. Estaba seguro que nunca vería el final de mi obra maestra. Me equivocaba.

La obra de la iglesia era una empresa titánica, por encima de las posibilidades de cualquiera persona. Lo único que pedía a Dios era que me dejara vivir lo suficiente para que mis discípulos pudieran entender y seguir ese mastodóntico proyecto. No podía saber que mi deseo se realizaría en poco tiempo. Caminando por las desiertas callejuelas del centro histórico, de repente me invadió un miedo en principio inexplicable, sentí un frío que nunca había experimentado, un frío que nacía dentro y se expandía por todo mi cuerpo. Me quedé bloqueado como una presa delante de su cazador en medio de la estrecha calle, mientras un hombre alto y oscuro, aparecido de la nada, se me acercaba con pasos lentos. Tengo el recuerdo de un abrazo fuerte y vigoroso y, al mismo tiempo, un intenso dolor en el cuello me hizo gritar. A partir de allí no recuerdo nada más. Entré en un estado de shock que me hizo vagar por la ciudad hasta que, al parecer, horas más tarde, un tranvía me atropelló.

El hombre era la muerte. Había llegado sin preaviso, sin enfermedad, sin ningún malestar previo, y sin tener conciencia de ello. Ni siquiera pude tener miedo. Sólo pasó, como cuando te duermes leyendo un libro.

Me llevaron al hospital y nadie sospechó que no había sido un accidente. Aquella misma noche salí del hospital por mis propias piernas y nadie tuvo el coraje de denunciar la desaparición de mi cuerpo. En el funeral mi ataúd estaba vacío. Me había trasformado en un vampiro.

Han sido años muy duros, trabajando en la sombra, proyectando y dibujando planos en sótanos abandonados de día para después dejarlos en la obra, donde siempre encontraba algún colaborador hambriento de fama y gloria que los hacía pasar por suyos, sin preguntarse demasiado como aparecían por la mañana encima de su mesa. De este modo he estado dirigiendo mi obra durante un siglo, alimentándome, sólo, de los grandes mamíferos del zoo. Nunca he quitado una vida para poder vivir la mía, mi conciencia cristiana no me lo ha permitido. Ya no falta mucho tiempo para finalizar la construcción de la basílica, mi deseo y mi misión, entonces, habrán terminado.

Yo ya podré descansar. Le pediré esta segunda y última cita a la muerte, esta vez me encontrará preparado. Y por fin veré mi último amanecer.