1296. MI VIEJO AMIGO
Elena Martín Carro | Ele M.

Alargó sus piernas echándose para atrás, los pantalones vaqueros se encogieron y pude ver sus tobillos huesudos y venosos y sus lustrosos mocasines azul marino. Me miró ilusionado y no sin cierta coquetería escondió tras sus dedos índice y corazón su deslucida sonrisa. Decía que yo era muy graciosa e inteligente.
Tenía la piel arrugada y apenas tenía pelo, caminaba echado para delante y sus piernas eran extremadamente delgadas. Nunca quiso decirme su edad pero por las anécdotas que me contaba debía tener la edad de mi padre. Le conocí en el restaurante donde yo trabajaba; era cliente habitual y un gran conversador. Un día acepté tomar un café con él y eso fue el principio de la más extraña amistad que nunca he tenido.
Con educación y de manera sosegada se fue introduciendo en mi vida; se mostraba siempre solícito y aunque a veces resultaba exageradamente irrisoria su disposición, la verdad es que recurrí a él en varias ocasiones pues me parecía que tenía una visión madura de la vida. Un día dijo que nuestra amistad se estaba afianzando y fue cuando abanderado por ciertos postulados de Aristóteles planificó todo un itinerario de lo que una buena amistad debía cursar: paseos, cenas, acontecimientos culturales…. “Somos amigos” no se cansaba de decir.
Empecé a observar ciertos cambios en su indumentaria: una cazadora de cuero, unos pantalones negros de cera, visera muchas veces… pero fue la tarde que fuimos a la terraza del hotel RiU cuando me sobresalté al verle aparecer con un peluquín y aquellos mocasines azul marino. Para mantener cierta jovialidad me sobrepasaba dando saltitos y se giraba como una bailarina de variedades. Empecé a pensar que aquello estaba yendo demasiado lejos pero yo quería ir al RiU…
Nos sentamos en la terraza a tomar una copa; era una noche espectacular de finales de junio, el ambiente, las vistas… todo era perfecto… Todo, menos él. Me entraron ganas de escapar y fui al baño; al salir, crucé la mirada con un guapísimo hipster pelirrojo que estaba en la barra, me dirigí hacia él a pedir otra copa. Estaba decidida a que la conversación subiese de voltaje, él estaba receptivo… entonces sentí la sombra de mi viejo amigo presto a llevarme los cacahuetes. El pelirrojo le miró, sonrió y me dio la espalda.
Disimuladamente enojada volvimos a sentarnos, su voz me llegaba como un zumbido de avispa, cuando un gesto abrupto me hizo girarme hacia él: tenía el brazo derecho levantado, su índice apuntaba al cielo y con voz solemne dijo que me deseaba; a mí que me pareció que repartía bendiciones, le pregunté extrañada que qué era lo que para mí deseaba. Se echó para atrás con coquetería “¡¡Me deseaba tocar!!” Vi sus mocasines, su sonrisa deslucida y tan horrible me pareció esa estampa que asustada abrí mis brazos tirando el cuenco de cacahuetes.
Pero ahí estaba él, solícito bajo mis pies, limpiándome los zapatos. El pelirrojo se giró, nos miramos y sensualmente batí mi pierna.