1201. MIEDO
Paula López | Paula

–¿Tienes miedo?

El hombre –¿hombre? No parecía un hombre– soltó un suspiro y alzó la vista hacia el pequeño que lo observaba. La roca en la que se mantenía sujeto tembló bajo sus manos, y una gota de sudor corrió por su rostro para caer precipicio abajo.

–¿Por qué debería tenerlo? –murmuró.

Un joven Jack soltó una carcajada ligera, infantil y vacía.
–Porque estás a punto de morirte, tonto.

El hombre negó con la cabeza solemnemente.

–Te equivocas. No es a la muerte a lo que temo. –Una sonrisa perezosa se asomó por la comisura de los labios del pequeño.

–Mientes –concluyó, contundente. El hombre lo observó interrogante, y el pequeño le devolvió la mirada desde lo alto, clavando sobre él unos ojos vacíos–. Si de verdad no tienes miedo de morir —ladeó la cabeza—, ¿entonces por qué no te sueltas?

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Corría a trompicones por los tejados, sorteando las chimeneas y desperfectos a la par que trataba de mantener un equilibrio imposible para el que no estaba preparado. La lluvia y la oscuridad engullían las casas y edificios a su alrededor, impidiéndole un atisbo de luz que lo guiara.

Trató de pensar en alguna manera de despistar a su perseguidor, y recordó cómo el poco armamento que solía llevar había quedado tirado en el rincón de su habitación en la posada, sucio y ensangrentado, junto con las monedas robadas que su improvisada marcha le había obligado a abandonar.

De pronto, en apenas unas milésimas de segundo sus pies abandonaron la endeble superficie. Por un momento, durante su caída, lo único que oyó fue el sonido de su propia sangre bombeando en sus oídos, acelerada, estridente.

Entendió que no había resbalado. Una flecha lo había desequilibrado, y ahora se hallaba atorada en algún lugar de su pierna izquierda.

El hombre no se hizo de esperar. Apareció ante él como un fantasma, como la sombra de la muerte que llegaba para llevárselo. Clavó en él sus ojos fríos y vacíos desde lo alto del tejado.

—Jack Mawell, miserable ladrón y, me atrevería decir, asesino. —El hombre que era más que un hombre desenvainó su espada—. Sé lo que has estado haciendo, joven sin valor. Las desdichas que tus acciones han causado en gente inocente no te hacen merecedor de otro destino más que el de la muerte.

El chico sonrió.
—¿De verdad crees que voy a dejarme atrapar por alguien como tú?

Acercó su espada su cuello.
—¿Te importa morir? ¿Crees que estás preparado para ello? —Se acercó a él—. ¿Sientes ahora lo que es el verdadero miedo?

«¿Es esto lo que se siente al estar a punto de morir?». Las tejas temblaron bajo sus dedos, y sintió cómo su corazón se detuvo por unos instantes. «¿De verdad tengo miedo?».

—¿Es que no lo sabes ya? —Jack sonrió, maníaco. —Yo no soy como tú. —Y con una voz suave, casi en un suspiro, añadió—. Yo no le temo a la muerte.

Y entonces, se soltó.
Y la oscuridad lo engulló por completo.