MIENTRAS LAS DOS SEÑORAS TEJEN INFATIGABLES, DE SUS CABEZAS SURGEN PAISAJES NEGROS
OLIVER PEREZ VILA | MAZAPAN CROQUETA

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Dos topos muertos en la carretera. A unos diez metros el uno del otro. Muertos. Los humores a la vista, despojos de piel azulada, informes, con las manos como zarpas blancas, palmas humanas, y los hocicos, puntiagudos como sacacorchos, levantados. Lucharon a muerte, según mi abuela, y luego un zorro los mordisqueó. La humedad los hacía brillar. Hay días en los que no hay nada que hacer salvo llorar, o quedarnos en silencio, paralizadas por el súbito final, el cristal hecho añicos, los muebles derribados, los azulejos arrancados con las uñas de las paredes, la ruina de todo el espacio, de un universo en potencia, y ordenar los fragmentos que quedan y volver a empezar el ciclo de crecer una y otra vez, nacer y morir. Qué increíble el desordenado encuentro de nacer y morir. Qué increíble el impulso creativo de los seres humanos, tan débiles, tan maltrechos, pero a la vez tan inquietos. Mientras las dos señoras tejen infatigables, de sus cabezas surgen paisajes negros. Sentadas en el arcén de esta misma carretera, en dos bancos separados por una fuente, se van arrugando a unos diez metros la una de la otra. Uno de los bancos está pintado de blanco y el otro de azul. Por esa distancia podría decirse que no se conocen, que nunca se han visto, o que hoy no se soportan. Es posible que sean hermanas. Mi abuela no comenta nada sobre ellas. En apariencia indiferentes al mundo exterior y al paso del tiempo, hay constantes destellos de luz que brotan de sus dedos y salen girando por encima de sus cabezas.