Mikele
Diego Ramírez Lorenzo | Vladimir Durruti

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—Esta es mi primera vez.

Un silencio frío acorrala y acaba ahogando el último eco de esa zeta.

—Lo sé.

—Me da miedo. Mucho.

—Es normal, al final es una primera vez, ¿no?

—Pero esta es LA primera vez, ¿entiendes?

—Entiendo.

Ninguno de los dos presta atención a las cuatro paredes de mármol negro que les rodean, sin puertas, sin ventanas, sin luz. Porque no hay luz, pero se miran. Se miran, pero no se llegan a ver, verse ya no es posible.

Por una de las paredes de negro mármol se empieza a agrandar un agujero que no da a ninguna parte, pero desde allí podrías ir a todos lados. Ambos miran al agujero, pero no lo llegan a ver, verse ya no es posible.

—¿Es el todo?

—Tal vez.

—¿Es la nada entonces?

—Tal vez.

—Entiendo que debería traspasarlo.

—Ajá.

—¿Pero por qué debería fiarme de ti? Sólo me has traído confusión, a mí y a todos.

—Nos hemos cruzado unas cuantas veces en tu vida, ¿no?

—Sí, pero……

—Pero no has llegado a tocarme nunca, ¿verdad?

—No.

Uno de los dos, la mujer de oscuro, extiende el brazo.

—Tócame entonces.

El otro, el confuso, la toca (¿la toca?).

—Ahora me estás tocando. —dice la oscura.

—Hhm, no te estoy tocando…

—¡Exacto! Has dado en el clavo ¿Confías ahora en mí?

—Bueno… al final eres de la familia ¿no? Tengo que confiar en ti.

—Perfecto. Atraviesa esta nueva puerta que se ha abierto ante ti.

—Pero no quiero…

—¿Por qué no? Es sólo una puerta.

—No, es LA puerta, ¿entiendes?

—Entiendo.

El agujero en la pared de negro mármol comienza a adquirir matices, a transmitir cosas. Qué curioso.

—Es curioso este agujero. —dice el confuso.

—Lo sé.

El confuso mira al agujero (pero no lo ve) y tras un tiempo, estimado entre un segundo y cuatro horas, decide.

—He decidido.

—¿Sí?

—Sí. Vayamos de la mano.

—Me parece perfecto.

—Pero con una condición. Aunque he dicho que somos familia, no te recuerdo. Quiero que, mientras vamos a donde sea que vayamos o no vayamos, me lo cuentes todo.

—¿Todo? Pero si soy como tu hermana gemela.

Avanzan hacia el agujero de la pared de negro mármol, aproximadamente entre uno o trescientos metros cada segundo.

—Justo a eso me refiero. No tengo hermanos.

—No soy tu gemela de sangre, digamos que soy la gemela negra que nace junto a cada persona y que la acompaña toda su vida.

—¿Me has acompañado toda mi vida?

—Entera.

—Y… ¿me vas a acompañar toda mi vida?

—Hasta el final.

Justo antes de cruzar el agujero, el confuso hace otra pregunta.

—Perdona, ¿Cuál es tu nombre?

—Hhm… te doy dos pistas: empieza por “m” y acaba por “e”.

—Uuh… ¡Mikele! Te llamas Mikele.

—Así es. Mikele……

Y tras esto, el confuso se marcha por ese siempre imprevisto agujero de la pared de la mano de “Mikele”, su gemela negra.