19. MINOXIDIL
Angeles López Rovira | Rovira

Cerró la puerta del baño con pestillo otra vez. Y le vi en línea, conectado a WhatsApp. Se había afeitado los genitales y siempre que se encerraba me lo imaginaba mandando “fotopollas” sin un solo pelo a las chicas de veinticinco que ahora perseguía.
Mi tripa de 32 semanas me recordaba que yo no podía hacer lo mismo mientras mi matrimonio se desmoronaba.
Me observé en el espejo, pelo fuerte, piel luminosa, pechos enormes y en su sitio, menuda novedad, este último embarazo me sentaba bien.
La noche anterior él había salido hasta las siete de la mañana volviendo a la cama con olor a ginebra, tabaco agrio y los restos de sudor que uno pilla en sitios como el Snobi.
Le observé, primero de reojo, y después frente a frente, desmayado por el alcohol, imaginándole en ese tipo de sitios de los que siempre había rehuido, pagando copas a rubias veinte años más jóvenes que yo.
Me invadió un sentimiento de vergüenza ajena, y de ternura incluso, al pensar que más de una se habría reído de él después de sacarle un par de copas gratis.
Nunca había llamado la atención por su físico, pero ahora menos aún, por mucho que se empeñase en hacer alguna rutina de ejercicio por las mañanas y que se dejase el pubis como el de Ken.
Además, la amenaza de la calvicie genética estaba empezando a materializarse. Le veía preocupado observando sus entradas y el claro que se adivinaba en su coronilla. Siempre le había angustiado no parecerse a la rama paterna, donde se moría joven pero con pelo en la cabeza.
Unos años atrás, cuando a mí me diagnosticaron alopecia y me pusieron el tratamiento de minoxidil para no seguir perdiendo pelo, habíamos comprobado los maravillosos resultados y seguíamos teniéndolo en casa.
Debió parecerle buena idea, en su búsqueda de la eterna juventud, comenzar a usarlo unos meses atrás. Era un espray de uso diario que pulverizaba cada noche después de hacerse la paja de rigor mientras veía porno (o tinder) encerrado en el baño.
La combinación de entrenamiento de alto nivel, el minoxidil y las botas por encima de los vaqueros le otorgaban, creía él, una especie de súper poder para intentar ligarse, entre otras, a la secretaria de su oficina, por la que pretendía dejarme.
Después de escuchar el gritito contenido de su eyaculación, le oí abrir el cajón donde guardaba el elixir mágico y pulverizarlo sobre su cabeza.
Al poco, salió con cara de extrañeza.
“Creo que el minoxidil te funciona mejor a ti que a mí, llevo ya cuatro meses usándolo a diario y sigo perdiendo pelo”
“Paciencia, cariño, no se ven los resultados de un día para otro”
Giré la cabeza y sonreí al imaginarle echándose en el cuero cabelludo el alcohol puro con el que había rellenado cada bote de minoxidil que él compraba.
No debió subestimar nunca el extraño sentido de venganza de una embarazada añosa a punto de ser abandonada por un calvo.