Mirada llamada hogar
Maria sanmartí | Apapachoa

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Tú estabas lejos de casa. Yo también. Éramos dos apátridas que, con el caminar, conseguimos hacer de nuestro cuerpo nuestro hogar. Pero teníamos sed de más. Lo supimos en aquella primera cita, cuando nuestros ojos se encontraron y supimos que si juntáramos nuestros senderos, éstos podrían ser más amplios, más largos, tal vez incluso infinitos.



Paseamos por las calles de aquel pueblo desconocido rodeado de campos dorados y montañas tupidas. La gente nos miraba, o más bien me miraba a mí, sorprendida por aquella piel tan blanca que delataba mi origen lejano. Tú te camuflabas entre los locales y nadie parecía reconocerte distinto, eras más bien uno de ellos. Pero para mí eras de todo menos alguien capaz de camuflarse. Me llamaste la atención desde el primer día que te vi. Con tu cabello largo y rizado, con tu sonrisa y aquellos dientes tan bien puestos uno al lado del otro, sonriéndole a cualquiera y en cualquier momento. Eras un misterio para mí. Un gran libro que quería leerme una y otra vez, que quería aprenderme de memoria.



Nos sentamos en un claro teñido por la quietud. El sol hacía trigueña tu piel y enrojecía ligeramente tus mejillas y tu frente. Entonces hicimos silencio, escuchando todo lo que la naturaleza tenía por decirnos. Si algo habíamos aprendido durante nuestros pasos, era a callar para comprender lo que era capaz de decirse con otros lenguajes. Y así, mientras escuchábamos los pájaros, el cantar lejano del río y la brisa haciendo bailar los eucaliptos, nos quedamos con las miradas fijas el uno en el otro.



No sé cuánto tiempo pasó, tal vez el tiempo no transcurre cuando existe la verdad. Se hizo de noche y allí estábamos tú y yo, todavía sin poder alejar nuestras miradas, sin poder dejar de contarnos nuestras historias a través de nuestros ojos. Llegaron las estrellas a ver aquel espectáculo. Vinieron las libélulas y las luciérnagas. Llegó también la gente del pueblo, atraída por algo que nuestro encuentro transmitía. Vinieron los niños y nos miraron llenos de curiosidad. Llegaron las mariposas y las chicharras. Vinieron los adolescentes, con sus hormonas deseosas de saber qué era el amor. Llegaron los colibrís y los cóndores. Vinieron también los abuelos y las abuelas, a verse reflejados en nuestro mirar. A recordar sus primeros amores, su sabiduría más allá del conocimiento, su inocencia.



Todo el mundo llegaba para observar el instante exacto en el que el amor se crea. Aquel momento concreto en el que la semilla crecida de la rosa cruza la tierra y descubre el Sol. Aquel mágico segundo en el que el río se convierte en mar. Aquel preciso y precioso soplo en el que un bebé cruza el umbral del cuerpo de su madre y conoce por fin la vida desde el otro lado de la piel. Aquella ocasión en el que dos transeúntes lejos de casa, se miran y empiezan a construir juntos algo llamado hogar.