893. MIRANDA
Marta Pavía Botella | Marta Pavía

La primera vez que vi a Miranda estaba a punto de saltar desde un 5° piso. Fue un día de lluvia y viento, y una masa de cabezas se apelotonaba frente al número 33 de la calle Soto. Pero ella, ignorando todo lo que pasaba a sus pies, saltó. Con el impulso que toman en natación antes de saltar al agua, con la facilidad con la que un niño salta en una colchoneta, con la ilusión del pájaro que alza el vuelo por primera vez. Y con la mala suerte de que el viento la hizo aterrizar sobre la lona de un camión que pasaba por la calle. La pobre Miranda no quería romperse dos costillas, el fémur y llevar collarín 2 meses. ¿Por qué era tan importante para Miranda acabar con su vida? Nunca llegó a explicármelo. A mis ojos siempre fue como una especie de científica loca que se obsesiona tanto con la parte empírica y el experimento en sí, que acaba por olvidar la razón por la que empezó a investigar.

Una vez intentó ahorcarse con una vieja soga en el garaje de la casa de sus padres. Para aquello me pidió ayuda, necesitaba a alguien con coche y que supiera conducir, ya que sus padres vivían en un pueblo a las afueras. En el trayecto me contó lo mucho que odiaba los coches grises, y que había barajado varias veces la posibilidad de saltar delante de un coche, en mitad de una carretera grande, a ser posible una autovía, pero siempre acababa por descartarla por la manía que le tenía a los coches grises. Aún así, viajé todo el rato con el seguro de la puerta del copiloto activado, por si acaso.

También me llegó a contar, que siendo adolescente había intentado que la matase un caballo. Visitando la granja de sus tíos paternos, quedó maravillada ante la majestuosidad de aquellas criaturas, y decidió que sería una bonita causa de muerte, que además le convenía para hacerla pasar por accidente. Para hacer enfadar al caballo, la joven Miranda le arrojó piedras a los cuartos traseros con toda su fuerza, situándose estratégicamente de manera que su cabeza quedase a la altura donde golpearía la pezuña del animal cuando éste propiciara una coz. Tras contarme esto, se aparto el pelo y me enseñó una cicatriz bastante grande que cortaba la parte superior izquierda de su frente; entonces entendí porqué siempre llevaba el flequillo peinado con tanto cuidado.

La vi probar tantas cosas…Pero algo fallaba siempre en el último momento. En el instante en el que Miranda iba a clavarse el cuchillo, a estamparse contra la acera, a ser atropellada por un tren, a meter la cabeza en el horno de gas… una mano aparecía de la nada y la traía de vuelta al mundo de los vivos, como si alguna deidad se hubiese puesto como meta salvarla de todo mal, protegerla a toda costa. Pero la pobre Miranda no quería que la salvasen, sólo quería morirse.