585. MIS PESADILLAS
Carlos García Rodríguez | Apodus

MIS PESADILLAS

Aquella mañana, me levanté aniquilado por la tremenda pesadilla que me despertó. La guillotina cortó mi cabeza y sentí con tanto realismo mi degüello que tuve que palparme el pescuezo para asegurarme de mi integridad.
Cuando sueño con tanta angustia y temor, no logro levantar cabeza en todo el día y, al llegar la noche, siento verdadero pánico a la hora de ir a la cama, porque a un sueño malo sigue siempre otro peor, en una cadena interminable de sobresaltos. Con decir que, en mi larga vida, siempre hubo un tiempo de pesadillas como lo hubo de desengaños amorosos, lo digo todo. Pero nunca he sabido cómo terminar con ellas.
¡Hasta hoy!
Pero, antes de desvelar mi estrategia, voy a contar cuál es el tema recurrente que motiva mis pesadillas. Casi siempre, me da por volar, pero no de una manera cualquiera. No vuelo viéndome volar sino sintiéndome dentro de mi yo volador como si fuera un pájaro contemplando el mundo desde las alturas. Paso por encima de la gente con mis brazos extendidos y una barriga prominente que no viene a cuento con la aerodinámica de mi ser astral. Comoquiera que sea, logro meter mi espíritu dentro de mi cuerpo cósmico como un pie dentro del zapato. Cuando me cuesta conseguirlo, me retuerzo como el contorsionista de un circo y, si no lo logro, se suele acabar el sueño. Cuando consigo seguir volando de manera tan estupenda es cuando viene lo gordo. En mi vuelo, siento baches como si fuera un avión en medio de las turbulencias del aire. Y cada bache se traduce en un sobresalto como si me cayera en un pozo o me elevara hasta una nube. Pero eso no es lo más desagradable. Con cada sobresalto, la ruta aérea se tuerce y me lleva a los lugares más terroríficos que jamás soñé —nunca mejor dicho—. En mi última pesadilla, me vi en un territorio en llamas, donde una multitud de gente desconocida parecía disfrutar con el fuego y reclamaba mi presencia. Dos fuerzas tiraban opuestamente de mí: la que me concedían mis supuestas alas —o la propulsión a chorro; nunca identifiqué la propuesta— y la de las manos tendidas, que si apenas me agarraban. Finalmente, caí dentro de un horno donde las paredes me chamuscaron como si fuera un pollo dentro de un tandur paquistaní. Me desperté sudando como un verdadero cerdo.
De tamaños accidentes nocturnos, os preguntaréis cómo he conseguido salir últimamente. Os lo explico. He atado una cuerda al dedo gordo de uno de mis pies, que paso luego por una polea, sujeta al techo y, cuando tiro de ella, en el modo sobresalto de la pesadilla, un percutor la desengancha para que una pelota de goma dura me caiga en la cabeza y me despierte irremediablemente.